El misticismo magistral y mágico de Goya

'La última comunión de san José de Calasanz', de Goya./
'La última comunión de san José de Calasanz', de Goya.

'La última comunión de san José de Calasanz', cima de la pintura religiosa, regresa 'cedida' al Prado en el año de su bicentenario

MIGUEL LORENCI MADRID.

«Es el óleo religioso más importante de Goya y la última obra maestra del género en la pintura española». Miguel Falomir, director del Museo del Prado, no alberga dudas sobre la excepcional calidad y relevancia de 'La última comunión de san José de Calasanz'. Es una de las pocas grandes obras de Goya en manos privadas y regresa al Prado durante «al menos un año». La ceden sus propietarios, los padres escolapios, que se la encargaron al genio aragonés hace dos siglos. Goya la concluyó en 1819, el año en que abría sus puertas el Prado, donde será una de las estrellas del bicentenario.

Pintada para la iglesia de San Antón del colegio de las Escuelas Pías de Madrid, hoy sin culto, estará en un lugar de privilegio: en la sala 66 del edificio Villanueva, entre las pinturas negras y los icónicos cuadros del 2 y del 3 de mayo. Estará quizá dos años, si así lo acuerdan el Prado y los escolapios, quienes descartan ya que la magistral tela, de más tres por dos metros, se quede para siempre en la pinacoteca.

Propiedad de la Orden de las Escuelas Pías de la Provincia de Betania, la obra se restauró en los talleres del Prado hace más de tres décadas. No ha perdido un ápice de su magnificencia, según Manuela Mena, jefa de Conservación de Pintura del Siglo XVIII y Goya del museo, y la mejor conocedora del legado goyesco. «La pintó cuando tenía 75 años y es una lección de fuerza moral y física», asegura.

Realizada en 1819, sólo dos años después del también excepcional cuadro de altar de las Santas Justa y Rufina para la catedral de Sevilla, cierra la pintura religiosa de Goya, además de ser su última obra pública. «Goya tuvo taller, pero está pintada por una sola mano. Se ve en la magia de sus pinceles y en su magisterio», resume Mena. «Sus manos entrelazadas tienen la perfección de los dibujos de Durero», destaca Mena del emotivo retrato del santo tomando su última comunión el 1 de agosto de 1648 en la iglesia romana de San Pantaleón, tres semanas antes de morir.

El préstamo tiene especial relevancia al coincidir con la celebración de los doscientos años de la apertura del museo, pero no se prorrogará más allá de dos años. «Se encargó para una iglesia y la prestamos con gozo, pero tras su estancia en el Prado, deberá regresar a su lugar natural», dijo Daniel Hallado, provincial de los escolapios. Sí anunció que la orden desea «abrir más al público» su colección artística, que cuenta con otra obra de Goya, 'Oración en el huerto', regalada por el pintor.

Goya recibió 20.000 reales en dos pagos, el primero de 12.000 y el segundo de 8.000 por la pintura que ahora recala en el Prado. Precio «de mercado» para el número uno de la época, según confirma Manuela Mena, quien derrumba la leyenda de que un generoso pintor renunciara al segundo pago. Como para la mayoría de los artistas de su época, los encargos eclesiásticos, públicos y de devoción privada, bien documentados en toda su trayectoria, constituyeron la segura base económica sobre la que Goya cimentó su carrera.

El lienzo actualiza también la visión romántica que consagró la imagen de Goya como un escéptico o descreído en materia religiosa, minimizando así el interés de su obra de carácter devocional. Una visión modificada gracias al reciente descubrimiento de nuevos lienzos religiosos pintados por el genial artista y conservados en colecciones particulares. También con la revisión de los frescos y lienzos de altar ya conocidos, «que permiten establecer ahora con mayor certeza que la pintura religiosa tuvo un peso fundamental en su producción».

La exhibición de esta tela de inspiración mística junto a la mayor y más completa colección del artista «permite profundizar en la esencia de la pintura de Goya y de su arte en general, que revela un profundo y excepcional conocimiento del ser humano y de sus tensiones, desgarros y padecimientos», apuntan los expertos del Prado. Se evidencia en este enorme lienzo de altar «para el que Goya estudió cada uno de los caracteres de la escena, que prefigura un tema clásico del mundo occidental: el estudio de las tres edades del hombre, el de la mansedumbre contra la violencia, el de la luz y la sombra como metáfora de los actos y pensamientos de los protagonistas».

La cesión es parte del programa 'La obra invitada' de la Fundación Amigos del Museo del Prado, que cuenta con 38.000 asociados. La tela se exhibe junto a un dibujo preparatorio de una cabeza que podría ser la de su amigo fray Juan Fernández de Rojas, fallecido en 1817 y que Goya regaló a su ayudante Felipe Arroyo.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos