SAN LORENZO

«Ezcaray celebra la festividad de su patrón, San Lorenzo, un incendio de esperanza, de fe y de plenitud de amor de Dios. (...) Su actitud evangélica le costó la muerte. Afrontó las torturas sin perder la alegría»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Ezcaray huele a fiesta. Su patrón, San Lorenzo, nos envía los rayos escogidos de su sol. Emigraron las nieves de la sierra convertidas en río, en fuente amiga, y el pueblo, agradecido, se engalana dispuesto a celebrarlo en armonía y alegre comunión.

Al caer de la tarde, las campanas llaman a la novena. Los devotos acuden, no como antes, cuando el coro, las naves, las capillas, rebosaban cantando al santo mártir. Hoy ha disminuido el número de fieles, no así la intensidad devocional.

¡Cómo alegran la vida las virtudes, la caridad del diácono que en Roma supo, frente a la fuerza del Imperio, ser testigo y amparo de los débiles, fortaleza de la fragilidad! Que el mundo necesita hoy como entonces testigos generosos del amor, la justicia, frente a las nuevas formas de injusticia y abuso de poder.

No era solo su humor el que le hacía señalar a los pobres como el don más preciado de la iglesia, sino su amor a Cristo, que del pecho del pobre hace su hogar. Bien sabía Lorenzo que en el más desvalido, en el que sufre vive y sufre el Señor. «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40). Y así se lo hace ver al prefecto romano, cuando, pasada la tregua convenida, le presenta el tesoro de la Iglesia: los pobres, los enfermos, los huérfanos, las viudas...

Berceo nos lo cuenta: «Cuando llegó el día de las treguas pasar/ llegó con muchos pobres, cuantos él pudo hallar, /trayéndolos consigo comenzó a pronunciar: /'Estos tesoros quiso siempre Dios más amar. / Estos son los tesoros que nunca envejecen, / cuanto más se derraman ellos siempre más crecen, / los que a estos aman y a estos ofrecen / esos tendrán el reino que las almas guarecen'».

Su actitud evangélica le costó la muerte. Afrontó las torturas sin perder la alegría. Los tormentos no hacían sino acrecentar su amor a Cristo y a los pobres. ¡Cómo sabía él que darse en alimento, incluso a sus verdugos, como Cristo, era vencer al mal! Quevedo lo plasmaba en su soneto: «Arde Lorenzo y goza en las parrillas; / el tirano en Lorenzo arde y padece, / viendo que su valor constante crece / cuanto crecen las llamas amarillas. / Las brasas multiplica en maravillas / y el sol entre carbones amanece / y en alimento a su verdugo ofrece / guisadas del martirio sus costillas. /A Cristo imita en darse en alimento / a su enemigo, esfuerzo soberano / y ardiente imitación del Sacramento. /Mírale el cielo eternizar lo humano, / y viendo victorioso el vencimiento /menos abrasa que arde el vil tirano».

Lorenzo realizaba el deseo de Jesús: «He venido a prender fuego a la tierra; y ojalá que estuviera ya ardiendo» (Lc 12, 49). Lorenzo era un incendio de esperanza, de fe y de plenitud de amor de Dios.

¡Cuánta sabiduría la del pueblo, para escoger lo noble, justo y santo, que San Lorenzo encarna, y hacer de ello su fiesta patronal! Lorenzo es vivo ejemplo de cómo no hay Imperio que pueda derrotar a un ser humano tocado por la gracia del amor.

Ezcaray suena a fiesta. Los sones de la banda, del coro, de las danzas... son primicia de la festividad. ¡Quién, como tú, llevara en sus entrañas, Lorenzo, tanto fuego; fuera ardiente parrilla de amor como eres tú! Puestos en ti los ojos y el corazón, cantamos al unísono: «Oh, tú, glorioso Lorenzo, que tanto puedes con Dios, en la vida y en la muerte, Lorenzo ampáranos».

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