LLEVARSE COSAS

CARLOS SANTAMARÍA ANECDOTARIO

Se lanzan a arrancar las ramitas de boj del arco de San Bernabé con ansiedad de cleptómanos y en treinta segundos lo dejan desharrapado, medio desnudo, humillado en plenas fiestas. Ya ni siquiera sorprende; somos los mismos cazadores-recolectores del paleolítico, y la explosión de endorfinas que le produce a la gente la posibilidad de pillar algo gratis es difícil de aplacar. Si los turistas saquean piedras del Coliseo de Roma y adoquines de París para ponerlos en el salón de casa, cómo no va a coger el personal un ramillete del arco. Luego se llevan las ramas sonriendo, casi como en ese párrafo en el que Chaves Nogales describe al joven Belmonte y a sus amigos robando melones por las huertas del Guadalquivir: «Nos dejábamos ir con la corriente mordisqueando la pulpa fría que acariciaba nuestras fauces». Viva San Bernabé.

La gente rapiña cualquier cosa: una banderita el día del desfile, el bolígrafo de la oficina bancaria o un pedazo de la barandilla de la Concha. Una de las cosas más curiosas que ocurrió en la República Democrática Alemana mientras se resquebrajaba durante el vertiginoso noviembre de 1989 fue la fiebre por el muro de Berlín. Les llegaban peticiones de todo el mundo, la gente quería un trozo, un fragmento, una piedrita o una sección entera. «Tenemos que decir algo, porque se lo llevan», discutían los gobernantes. Ana Kaminsky recordaba que las peticiones llegaron inmediatamente después de la caída. Como las finanzas de la RDA estaban en la ruina y había problemas más importantes que resolver, las autoridades comunistas dijeron pronto que sí. Colgaron el cartel de «Se vende por piezas» en aquel muro que había dividido Europa y junto al que habían muerto cientos de personas. Luego aseguraron, muy solemnes, que el dinero recaudado iría a fines sociales, lo que en estos regímenes puede significar cualquier cosa.

Tres de aquellos bloques del Muro de Berlín acabaron en Madrid, con sus pintadas y sus grafitis originales que un empleado municipal estuvo a punto de borrar. Estos trozos del Telón de Acero descansan en un parque en Chamartín, rodeados de una pequeña valla y en medio de un laguito artificial de aguas verdosas. Están lejos de las manos de la gente, por si acaso.

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