«La sociedad nunca ha sido ideal»

Daniel Pennac./EFE
Daniel Pennac. / EFE

El escritor francés recupera a su alter ego Benjamin Malaussène en 'Me mintieron', otra entrega de la saga

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Al mismo ritmo que cambia el mundo, cambia también Benjamin Malaussène, alter ego del escritor francés Daniel Pennac (Casablanca, 1944). Se había tomado el célebre personaje literario unas largas vacaciones de 17 años, pero regresa con su mirada irónica en 'El caso Malaussène. 1. Me mintieron' (Literatura Ramdom House), la esperada continuación de una saga que ha hecho historia en la narrativa francesa con títulos como 'La felicidad de los ogros', 'El hada carabina', 'La pequeña vendedora de prosa', 'El señor Malaussène', 'Entre moros y cristianos' y 'Los frutos de la pasión'.

«Desde 1985, cuando salió el primer libro, hasta 2015, ha caído el Muro de Berlín, en Francia han desaparecido el Partido Comunista y después el socialista, han emergido las redes sociales, pero Malaussène sigue ahí, envejeciendo, y observando igual que cuando era joven», cuenta Pennac, que se retrata así casi más a sí mismo que al protagonista de sus novelas y que tenía ganas de regresar a la escritura «metafórica, oral, musical y rítmica» que le permite esta serie literaria.

Malaussène, que trabaja en una editorial, se ve envuelto esta vez en el secuestro de un rico empresario, la excusa que encuentra Pennac para divagar sobre el dinero, la fama, la televisión, internet y, en general, una realidad que resulta cada vez más incomprensible.

En las páginas del escritor francés se ven reflejados sus colegas «monomaniacos», aquellos que «escriben desde la seguridad de que están en posesión de la verdad objetiva, y no subjetiva». «Pero que conste que no se trata necesariamente de una crítica a nuestro mundo. Quizá el lector lo vea así, pero yo me considero un observador cuya misión es constatar lo que ocurre», apunta Pennac, un grande de las letras francesas, novelista, ensayista y dramaturgo, autor de títulos como 'Mal de escuela', con la que ganó el premio Renaudot, 'Señores niños' o 'Diario de un cuerpo'.

Pese a las preocupaciones sociales que muestran sus personajes dentro de la loca atmósfera de la novela, no considera Pennac que el mundo sea un desastre sin solución, ni que ahora sea peor que antes. «La sociedad nunca ha sido ideal. Al contrario, todos los periodos de la historia han sido mejorables», asegura el escritor. «Cuando empecé a dar clase, en 1969, teníamos la separación Este-Oeste, la amenaza atómica, las guerras coloniales, seguía la pobreza en Europa... ¿Era mejor esa época que la nuestra? No hay que hacer catastrofismo. Nuestro mundo es atroz en algunos aspectos, vemos avanzar el nacionalismo en muchos países y eso es inquietante, pero estamos mejor que antes. Y lo más importante: la gente de ahora es mejor que la de antes», asevera Pennac.

Del presente le llama la atención el modo en que el ser humano «lo filma todo, incluso su propia muerte», para compartirlo después en la televisión o en las redes sociales, un rasgo que aparece en la nueva entrega de Malaussène y que Pennac combate con el humor, que define como «tomar distancia de lo trágico para analizarlo». «El humor tiene la capacidad de resucitar», certifica.

En 1993, Pennac publicó un libro que cambió su vida y la de muchas personas. Se trata de 'Como una novela', un canto de amor a la lectura que pretendía despertar el apetito por los libros entre los jóvenes y que los profesores convirtieron en lectura obligada en Francia y en otros países. ¿Volvería a tener éxito ese libro en la década de las tecnologías y las redes sociales? «Yo parto de la idea de que es mentira que ahora se lea menos que nunca. La primera frase que escuché de mis compañeros profesores en 1969 fue: '¡Ya no se lee!'. Y cuando salió el libro, otra vez me decían eso. Pero es que muchos padres no quieren que sus hijos lean, lo que quieren es que a través de la lectura consigan títulos y, a partir de ahí, una buena situación económica y de poder, que no es lo mismo que leer», certifica Pennac.

A su juicio, la clave para inculcar un hábito de lectura en los niños y que no lo pierdan de adultos es compartir, desde la primera infancia, un rato todos los días de lectura de cuentas y crear «un territorio sagrado», un vínculo, que les unirá para siempre.

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