¿QUIÉN NOS LAVA?

«No es un hábito solo. Y si lo fuera, lo sería de amor, amor a todos, en especial al pobre. El amor a los pobres lava el alma. Jesús fue bautizado en el Jordán. Su invitación al Reino pasaba por lavarse y volver a nacer, a hacerse niño»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

No es solo una costumbre de higiene cotidiana. Es ley del corazón. Así como la noche se lava con el alba, así también nosotros, los humanos, necesitamos claridad, frescura que nos limpie, nos aclare y nos tienda. Lo mismo que los pájaros se asean en la fuente, así también nosotros necesitamos lluvia y aire limpios donde aventar el polvo de las horas, purificar el alma.

No es solo una costumbre, es una fiesta. Dejar caer la luz, el agua sobre nuestras cabezas, nuestros cuerpos, sumergirnos en ellas es despojarnos del vestido viejo y volver a nacer, a ser infancia, claridad de trino nuevo. Que los niños, los pájaros nos lavan: «Aquí cantan los pájaros, / están izando el día / a su cristal de luz para romperlo / y que caiga hecho trino sobre el mundo». Así de bien decía Vicente Gallego. Y versos adelante: «Campean por el parque / como viento en el viento los chiquillos. / Se ve que aún no le pesan / esas almas al mundo, y son sus pies / como cintas de luz / sobre las aguas trémulas de hierba. / Estos niños, jugando y entregándose / por entero a lo cierto, me han ganado. / ¿No son mías sus alas, / no soy yo la mañana de ojos limpios?».

Los pájaros, la luz, el agua, el aire, la infancia son tan ciertos, tan nuestros, tan de siempre y de todos... Contemplarlos, oírlos, dejarnos envolver en su inocencia, saber agradecerlos gozándolos sin nubes es volver a reír, a ser felices, a ir de asombro en asombro, sorprendidos de cómo la canción de cada día nos abre un don sin mácula, preclaro.

No es solo una costumbre, es un milagro, rito de iniciación madrugadora que anticipa el fulgor del mediodía, como la flor del beso. La alondra de unos ojos maternales nos reanima y torna; su lumbre vivifica y reconforta nuestro más duro invierno. No importan las distancias ni los tiempos, ni siquiera el zarpazo de la muerte. El mirar de la madre, siempre atento, no nos pierde de vista, nos redime. Es un ala perenne desplegada siempre sobre los hijos, un amparo sin tregua y sin arruga, un soplo que convierte lo que toca en cielo adelantado.

No es solo una costumbre, es un oráculo. El profeta Ezequiel ponía boca, sonido a las palabras siempre esperanzadoras del Señor e iba comunicándolas al pueblo sediento, desolado: «Derramaré sobre vosotros un agua pura / que os purificará: / de todas vuestras inmundicias e idolatrías / os he de purificar; / y os daré un corazón nuevo, / y os infundiré un espíritu nuevo; / arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, / y os daré un corazón de carne» (Ez 35, 25-26). ¡Qué gozo de promesa: un agua pura que lava el corazón, que gota a gota va horadando la piedra hasta volverla carne filial, infancia, puro estreno!

No es un hábito solo. Y si lo fuera, lo sería de amor, amor a todos, en especial al pobre. El amor a los pobres lava el alma. Jesús fue bautizado en el Jordán. Su invitación al Reino pasaba por lavarse y volver a nacer, a hacerse niño: «El que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios» (Jn. 3, 3). «Si no os hiciereis cono niños no entraréis en el reino de los cielos» (Mt. 18,3). Y no regresó al Padre sin lavar antes los pies a sus discípulos y encargarles bañar -bautismo- el mundo.

¿Hay festejo mayor que sumergirse, nacer a cada instante del agua y del espíritu?

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