No todo está perdido. Todavía hay esperanza. Ni todos los jóvenes van a votar a la extrema paparrucha, como se dice por ahí, ni todos ... los viejos van (vamos) a quedarse apoltronados en casa. ¿Que cómo lo sé? Porque aún queda un lugar donde juntarse a discutir estas cosas entre unos y otros y los (nos) he visto hacerlo. Es la plaza del pueblo donde se cuentan historias y se espantan los miedos. Se llama teatro.
El Festival de Logroño, que, cumpliendo 46 tacos, ya no es cosa de ayer mismo, ha tenido la osadía de programar a algunos jovencísimos autores muy diferentes entre sí, con obras que nada tienen que ver, pero con la misma sangre en las venas, el mismo veneno, la misma pregunta en la boca: ¿Qué demonios hacemos con esto que así nos interpela? ¿Qué hacemos con el teatro para que no sea más de la misma mierda?
La respuesta de Adrián Perea es un sorprendente homenaje a Miguel Mihura, 'El último comediógrafo', una obra que empieza discreta, casi formal, como un trabajo fin de grado sobre alguien consagrado, y termina siendo una encantadora comedia con vida propia sobre la comedia más rompedora del teatro español del siglo XX, antecesora del teatro europeo del absurdo. 'Tres sombreros de copa' y su autor están ahí, se les ve. Están contados con cariño de admirador, pero sobre todo con criterio de autor propio, como un 'Shakespeare in love' a la española rescatado del olvido por los actores universitarios de los 50 (Fernando Guillén, Agustín González, José María Prada, Juanjo Menéndez), pero vuelto a pensar por los del siglo XXI, los del teatro por venir.
Y si la respuesta de Perea es reseñable por convertir en propio el género hagiográfico, la de Alma García en 'Contra Ana' lo es por hacer de la autoficción cuestión pública. ¿Y qué rayos significa eso? Que una persona tan joven, al hablar de su dolor insufrible, ha de dolernos a todos y a todos incumbir.
Que me perdonen directores e intérpretes de ambas obras por resumir su trabajo diciendo solo que es magnífico; que me perdonen el bueno de Rulo Pardo, la prometedora Carmen Climent y compañía, pero no hay espacio para más. Los fracasos, los trastornos, las adicciones, las renuncias y las derrotas ocupan demasiado. Buscan el suicidio.
Y no han de lograrlo. Obras como las suyas, que afrontan de cara esos infiernos, ya sea en la comedia o el drama, nos rearman. Nos invitan, como la maravillosa 'Claudette', a hacer malabares con la apatía, equilibrios con el tiempo que se agota y saltos mortales en patines. No todo está perdido. Nos queda el teatro. Eso tan antiguo y tan nuevo cada vez, que nos recuerda que la vida es un juego de niños.
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