INTÉRPRETES

INTÉRPRETES

Jesús desenrollaba los papiros del Viejo Testamento para hacer su lectura. Y en su boca los textos eran nuevos, como recién nacidos. La Palabra era Él. Y sigue siéndola. Que sigue entre nosotros desvelando el misterio, interpretando los signos de los tiempos con nosotros, dándonos su versión respetuosa del texto y de la música del alma, del cine y el teatro del vivir.

IGLESIA

Las tardes del verano prodigan el teatro, los conciertos, el cine al aire libre, la lectura; son ocasión de un ocio creativo, vacación que es cultura. El mundo es un teatro. Así lo designaba Calderón. Y cada ser humano es un intérprete. Hacer bien su papel es el oficio; también, su recompensa. Que nada premia tanto como hacer con cariño de artesano el quehacer, la labor de cada día, el dramático oficio de vivir.

Lorca amaba el teatro como amaba la vida. Que si el teatro es arte, arte supremo es el vivir. Suyas son estas lúcidas palabras: «El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse humana, habla y grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre (...)». Vivir, interpretar son una carne, un solo y mismo espíritu. Interpretar: vivir. Así nos lo han mostrado: Laurence Olivier, Gassman, Lola Herrera, Rodero, Romanos, Nuria Espert...

De la misma manera, el mundo es cine y la interpretación es esencial. Los actores y actrices son estrellas que revelan lo humano y lo iluminan. El público se prenda de sus rostros, de sus dificultades y alegrías, que toma como suyas, porque en verdad lo son. Y los eleva a mitos. No le falta razón. Ver a Mary Kate Danaher (Maureen O'Hara) curarse del rigor y de la lluvia en brazos de Sean Thornton (John Wayne) trasciende las vivencias irlandesas y contempla las nuestras. Y ¿quién no se conmueve viendo a Rick (Humphrey Bogart) intentando olvidar el sueño de Ilsa (Ingrid Bergman) bajo el alcohol y el humo (Casablanca) de su ya mítico café?

El mundo es un concierto que interpretamos todos. La música es familia, patrimonio común. Y así revisitamos las canciones y las cantamos todos; ellas nos interpretan y nos cantan a nosotros también. Se hacen versiones nuevas de las ya consagradas. Y una misma canción adquiere vida propia con cada nuevo intérprete: Yesterday no es la misma, cantada por Mc Cartney o Ray Charles. La canción del verano es una fiesta que va de pueblo en pueblo, de garganta en garganta, de ciudad en ciudad.

El mundo es libro, texto. Interpretarlo es abrirle un sentido, sentido que enriquece con sus ojos cada nuevo lector: «Quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur» (Aquello que se recibe, al modo del que recibe es recibido). Y quien recibe el mundo es la persona, no un puro ser pasivo: interpretar es dialogar. Y el texto que leemos nos lee a su vez. Su autor nos lo legó para que fuera creciendo con nosotros y nosotros creciéramos con él. ¿Cuántas lecturas no se han hecho de El Ingenioso Hidalgo de La Mancha?, ¿cuántas se harán aún? Mientras haya un lector, habrá un Quijote «desfacedor» de entuertos, soñando en Dulcineas, andante caballero de un sueño en libertad.

Jesús desenrollaba los papiros del Viejo Testamento para hacer su lectura. Y en su boca los textos eran nuevos, como recién nacidos. Cumplía, culminaba la Escritura con su amor, su enseñanza, su persona. La Palabra era Él. Y sigue siéndola. Que sigue entre nosotros desvelando el misterio, interpretando los signos de los tiempos con nosotros, dándonos su versión respetuosa del texto y de la música del alma, del cine y el teatro del vivir. Como entonces, camina con nosotros, siendo luz, Buena Nueva. Como entonces allí, en la sinagoga, también aquí: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21).

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