La insurrección de Carlos Edmundo de Ory

José Manuel García Gil explora la vida del libérrimo poeta en su premiada biografía 'Prender con keroseno el pasado'

MIGUEL LORENCI

madrid. Raro, loco, indómito, heterodoxo, maldito, rebelde, insumiso, payaso, excéntrico... Todas estas etiquetas se asociaron al inclasificable y extremo poeta Carlos Edmundo de Ory (Cádiz, 1923-Thezy-Glimont, 2010). Pero su biógrafo cree que «libérrimo» es el adjetivo que mejor lo define, y que su verdadera condición literaria fue la de «autoexcluido». Así lo asegura José Manuel García Gil (Cádiz, 1965), que publica una extensa biografía de su paisano, 'Prender con keroseno el pasado', con la que ganó en abril el premio Antonio Domínguez Ortiz y que demuestra que «vida y obra son en De Ory ramas del mismo árbol».

Las fundaciones José Manuel Lara y Cajasol publican esta investigación biográfica, que recupera a una de las figuras «peor conocidas, menos leídas, nada reconocida y más relevante de la literatura española contemporánea». Un poeta insurrecto que se situó en los márgenes de la cultura y cuya vida «es una galaxia de biografías, una historia de muchas vidas», según García Gil, poeta como De Ory.

«Su personaje eclipsó su vasta obra, variada, original y ligada a su vida», sostiene su biógrafo. Para su paisano José Manuel Caballero Bonald, poeta como él y premio Cervantes, De Ory «es un notable ejemplo de vitalidad creadora, de estrategia independiente frente a cualquier precepto de curso legal» y «defiende lo que el ejercicio de la literatura tiene de aventura».

Amor y dolor fueron las fuerzas que ordenaron la vida y la poesía «disidente» del irónico, jocoso y sarcástico De Ory, que jamás se dejó atrapar por las convenciones y que sucumbió a la leucemia con 87 años. «No se debe llamar poeta al auténtico poeta, que es un hombre que habla de un modo especial», sostenía un creador que prometió «hacer sonetos desde la tumba». «Vivir toda la vida con el nombre de poeta es ridículo», afirmaba el padre del postismo -«el ismo que viene tras todos los ismos» y que aspiraba a superar y sintetizar a todas las vanguardias- y de los 'aerolitos', aforismos poéticos con voluntad de astro fugaz, como el que da título a su biografía.

«Me van a perdonar, pero yo no entiendo el mundo», declaró al presentar en 2004 la antología 'Música de lobo', que el crítico y poeta Jaume Pont elaboró sobre la poesía que alternó con aforismos, cuentos y ensayos. Una obra «fuera del tiempo y el encasillamiento que hoy tiene plena actualidad», según García Gil.

«De Ory fue un autoexcluido de la poesía, de la sociedad y de la familia: era un ser libérrimo y un culo de mal asiento», insiste García Gil, que destaca cómo vivió su singular aventura creativa siempre lejos de cualquier cenáculo. «No cabía en el realismo social ni en la vanguardia: ser inclasificable le perjudicó, le sacó del canon y le alejó de cualquier generación, pero poco a poco va ocupando el sitio que merece», se felicita su biógrafo. Destaca que muy rara vez dejó su casa francesa para aparecer en público y que no obtuvo ninguno de los grandes premios institucionales.

García Gil pudo leer los diarios secretos de Ory, que dio cuenta de su azarosa vida en el millar largo de páginas de sus diarios publicados, tres volúmenes con entradas entre 1944 y 2000 y que él llamaba nocturnario, «porque escribo siempre de noche». Ha buceado en la obra más que singular de un poeta que se reinventó en Francia, junto a su esposa Laure-Denisse Lachéroy, y que se definía como «solipsista, apátrida y rabiosamente hereje».

Hijo del poeta modernista Eduardo de Ory, Carlos Edmundo escribió sus primeros versos con catorce años. Publicó 'Versos de pronto' en 1945, el mismo año en que fundó con Eduardo Chicharro y el italiano Silvano Sernesi el postismo, movimiento estético literario que conmocionó el erial intelectual de la posguerra dando una vuelta de tuerca al surrealismo.

Autoexiliado en lo poético y lo político, desapareció del mapa hasta 1963, cuando regresó a la arena poética con 'Los sonetos'. Erró por Francia y Sudamérica para publicar el fruto de tantos silencios a partir de 1969, de 'Música de lobo' a 'El enterrador de vivos' (2007). Clausuró su obra con una selección de 'aerolitos' como los que dejó en 2007 como legado -no se abrirá hasta 2022 - en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes: «La poesía es un vómito de piedras preciosas», «la risa es el sexo del alma» o «yo soy el limpiabotas del verso».

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