Huawei imperial

El Centro de Investigación de Huawei ocupa una construcción  inspirada  en el castillo de Heidelberg, en Alemania.:: afp/
El Centro de Investigación de Huawei ocupa una construcción inspirada en el castillo de Heidelberg, en Alemania.:: afp

Europea por fuera, china por dentro, la nueva sede de Huawei refleja su ambición global, ahora amenazada por la guerra que le ha declarado Estados Unidos

ZIGOR ALDAMA

Las ciudades chinas tienen una fascinante obsesión con la arquitectura extranjera. No es extraño que las urbanizaciones de lujo estén modeladas siguiendo los patrones de lo que en el gigante asiático creen que debe ser un pueblo español, que las columnas dóricas de faraónicos edificios oficiales estén coronadas por capiteles corintios, y que parques o zonas turísticas utilicen réplicas de iconos europeos como la Torre Eiffel o el Coliseo de Roma para atraer visitantes ávidos de 'selfi'.

Menos habitual es encontrar este confuso 'tutti frutti' en las sedes de empresas tecnológicas, que suelen preferir arquitectura de corte futurista como la del centro neurálgico que Apple ha levantado con forma de acelerador de partículas en Cupertino. Pero Huawei se ha dejado llevar en la nueva sede que ha inaugurado en la ciudad sureña de Dongguan, bautizada como Cuerno de Búfalo por la forma del terreno. Se trata de un gigantesco complejo de 108 edificios capaz de albergar hasta 25.000 trabajadores en nueve kilómetros cuadrados divididos en 12 áreas diseñadas siguiendo patrones estéticos de ocho ciudades europeas.

España está representada con unas calles inspiradas en el barrio granadino del Albahicín, a las que acompañan otras de un París muy versallesco, de la Verona italiana, o incluso una réplica del Puente de la Libertad de Budapest. El Centro de Investigación se esconde en un gigantesco castillo rojizo inspirado en el de Heidelberg, en Alemania. Todo ello está conectado por una línea de tranvía de 7,8 kilómetros que también parece sacada de una ciudad centroeuropea y que tarda 22 minutos en recorrer todo el lugar.

Huawei es una 'rara avis' en China, una cooperativa sin participación del Estado

Según Huawei, el objetivo de diseñar sus instalaciones más modernas con el estilo de la Europa clásica es «reflejar la cultura colaborativa de la empresa y crear un entorno relajado para los empleados». Sin duda, también es una forma de sacar pecho. En cualquier caso, la puesta en marcha de su campus más internacional llega en el momento más crítico para la multinacional china, que se ha convertido en la diana contra la que Donald Trump dispara todas sus balas: primero prohibió a Huawei operar en territorio de Estados Unidos porque el Ejecutivo está convencido de que espía para el Gobierno chino; luego exigió a Canadá que arrestase a su vicepresidenta, Meng Wanzhou, por los delitos económicos de los que la acusa; y, ahora, ha anunciado el veto a que se le proporcione tecnología americana, algo que podría dejar a los móviles de Huawei sin el sistema operativo Android.

Esta ofensiva sin precedentes ha provocado que el mayor productor de equipos de telecomunicaciones del mundo se tambalee y que Estados Unidos y China coqueteen con una nueva guerra fría. Porque Huawei es mucho más que una compañía: es un símbolo del auge del gigante asiático, un gigante que emplea a 188.000 personas en 170 países y que el año pasado ingresó casi 100.000 millones de euros. Es también la única marca de teléfonos móviles capaz de poner en aprietos a Samsung y Apple: a la americana la superó por primera vez en 2017 y, con los 200 millones de 'smartphones' vendidos en 2018, se acerca peligrosamente a la surcoreana.

El 'sueño rojo'

Huawei es especial por muchas otras cosas. Fue fundada con el equivalente a 350 euros en 1987, poco después de que China decidiese abrirse al mundo, y ubicó su sede en la ciudad que mejor refleja el avance tecnológico del país: Shenzhen, un pequeño pueblo de pescadores que fue designado como una de las localidades en las que el gigante asiático iba a experimentar con el capitalismo, y que se ha convertido en una gigantesca megalópolis conocida ahora como el Silicon Valley de China. Además, a diferencia de otras compañías chinas de su tamaño, nació como una entidad privada sin participación del Estado.

Al contrario, su fundador y actual presidente, Ren Zhengfei, tuvo claro desde el principio que quería que se rigiese por un sistema similar al de las cooperativas: Huawei es una 'rara avis' en China y pertenece a sus trabajadores. Según la información oficial de la empresa, 96.768 empleados tienen acciones y ninguna agencia gubernamental o entidad ajena está en posesión de participación alguna. Ren es el accionista mayoritario, pero apenas cuenta con el 1,14% de la compañía.

A pesar de eso, el perfil de su fundador es una de las razones que tanto hacen sospechar a Estados Unidos. Porque fue militar. Concretamente, engrosó las filas del Cuerpo de Ingenieros del Ejército Popular de Liberación entre 1974 y 1983. Su labor fue puramente técnica y él afirma que se alistó porque no tuvo elección. Estudió ingeniería cuando muy pocos recibían educación universitaria, y los militares necesitaban gente como él. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) no era conveniente resistirse, más aún en el caso de Ren, cuyo padre había sido tachado de 'contrarrevolucionario capitalista'.

Los ataques de Trump, que Estados Unidos no ha justificado con prueba alguna, han hecho que Huawei pase al contraataque y abrace una mayor transparencia informativa. La empresa ha abierto sus instalaciones a la prensa -este corresponsal ha podido visitar el cuartel central de Shenzhen y los laboratorios de Shanghái-, los directivos que antes rara vez se sometían al interrogatorio de los periodistas ahora se ponen frente a un micrófono de forma periódica, y, sobre todo, Ren ha abandonado las sombras en las que se sentía protegido y ha salido a la luz para dar la cara por la empresa.

Lo ha hecho de forma sorprendentemente mesurada. En las conversaciones que ha mantenido con diferentes medios internacionales, se ha mostrado molesto con quienes en China exigen el boicot a los productos americanos en justa represalia, e incluso ha alabado a Apple. «Si te gusta el producto, úsalo. Pero no lo politices», ha dicho en varias ocasiones Ren. No en vano, el empresario también tuvo claro desde el principio que al cliente había que ganárselo con innovación.

Aunque Huawei asaltó los mercados internacionales con el precio como anzuelo, ha ido ascendiendo rápidamente en la escala de valor. Tanto que ahora es líder en el desarrollo de las redes 5G, el principal punto de fricción entre la empresa y el Ejecutivo estadounidense. Otro está en la afiliación al Partido Comunista de Ren y de un buen número de ejecutivos. De hecho, durante la última rueda de prensa protagonizada por estos últimos en Shenzhen, a la que acudió este periódico, uno de ellos se negó en reiteradas ocasiones a revelar si tiene el carné del Partido. «Eso es algo que pertenece a la esfera privada de cada persona», zanjó ante las preguntas de la BBC.

Los edificios de corte europeo del campus de Huawei en Dongguan simbolizan su ambición global. Pero todo apunta a que la empresa tendrá que buscar su futuro en China. No en vano, se espera que pronto lance el sistema operativo para móviles que ha bautizado como Hongmeng, literalmente 'sueño rojo'. Será la piedra angular sobre la que puede basar su nueva estrategia, que consiste en todo lo contrario de lo que denota su nueva sede: reducir su dependencia de la tecnología extranjera.