LA HORA

CARLOS SANTAMARÍA

Lo malo de cambiar la hora ha sido siempre el reloj del coche. Yo lo dejo sin tocar, medio año fuera de tiempo, una hora mal, no pasa nada, porque lo contrario sería adentrarse en un laberinto incomprensible de pantallas y submenús, un lío. Además, al cabo de un rato, es decir, de seis meses, la hora vuelve a moverse y el reloj del coche regresa a la puntualidad. A menudo no hacer nada cuesta mucho, y se suelen obtener grandes resultados, como el gol de Benzema al Liverpool en la final de Champions, que metió sin querer.

Movemos las manecillas adelante y atrás con obsesión de chiflados, pero es inútil. Poner un numero distinto en el reloj no desplaza al sol del cielo. El tiempo es siempre un misterio, arena que se nos escurre entre los dedos. No existen el futuro ni el pasado, sólo es una forma de pensar. Si se reflexiona un poco sobre esto corre uno el riesgo de caer en un pozo de melancolía, así que es mejor ver la vida pasar. Eso o reventar el reloj como Phil Connors en 'Atrapado en el tiempo'.

Ahora ha vuelto el debate sobre el cambio de hora, un asunto cíclico, pendular, que regresa cada otoño igual que los estorninos. Lo extraño es que en España, país de eternas trincheras, el 93 por ciento del personal está a favor de abandonar el cambio de hora. Para seguir con nuestra vieja tradición de demoler los consensos yo propongo que cada comunidad autónoma regule sobre el asunto y que siga el circo nacional, aunque nada comparado con Venezuela. Entre la incontable colección de absurdeces que lleva consumando desde hace años el gobierno chavista destaca el cambio de hora del 2007. Chávez decidió modificar el horario del país retrasándolo no una hora sino media, con la excusa de que los estudiantes se levantaban muy temprano para ir a clase, algo inaceptable. Mover las manecillas del reloj treinta minutos hacia el pasado era un gran paso para lograr una Venezuela mejor. «Hay que socializar la luz», dijo el presidente bolivariano. Nueve años después Maduro devolvió al país el huso horario anterior «para aprovechar mejor la luz». Ya se sabe que para defender una idea en política, lo mismo sirve hacer una cosa como la contraria.

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