GRAFITEROS

ALBERTO PIZARRO - CRÍTICA DE ARTE

Las tapias de la calle se están cubriendo de pinturas murales, pagadas por los ayuntamientos, efectuadas por artistas que antes no perpetraron grafitis, salvo en alguna pared de su casa, cuando niños, como puede ser el caso de Corres y López Garrido. El panorama urbano también se va plagando de grafitis legales, que disputan las superficies a los piratas. El estilo está tan extendido que, incluso, hay grafiteros de estudio: Javier Ramírez de Ganuza, cuya obra está inspirada en la de Basquiat. Luis Ángel Baroja, cuyas pinturas pudieran asimilarse a las del Románico en una ermita abandonada, sobre las que unos zánganos han escrito frases soeces o ingeniosas paridas eróticas. Y Andrés Valdovinos, que tiene un prometedor estilo personal. Pero queda una grey de grafiteros modosos o despepitados que tomará buena nota del suceso que vengo a dar cuenta.

Leonardo da Vinci, que lo experimentó casi todo, aseveró: «Donde se escandaliza, no hay verdadero saber». Parece que el aserto hay que enmendarlo. Donde se escandaliza es donde hay verdadero saber; al menos comercial. Hay que causar alboroto, pasmo. Viene esto a cuento de que, el 5 de octubre, una pintura de aerosol y acrílico sobre lienzo/tabla, del esquivo artista callejero británico Banksy, se destruyó por medio de una trituradora de papel, instalada en la parte inferior del marco, momentos después de que el mazo sancionara la venta, por casa Sotheby's de Londres, en US$1,3 millones( el triple de lo previsto y récord para el artista). La obra en cuestión, 'Girl With Balloon', es una versión de un diseño que apareció como grafiti en una calle de Londres, elegida en 2007 la obra favorita de la nación. Al tiempo que cundía la estupefacción en sala (era lo nunca visto) el artista colgaba una foto en Instagram, escribiendo: «Going, going, gone!»(Se va, se va, se ha ido). Se puede suponer la consternación real de los asistentes y la fingida de los propietarios de la galería. Una chuscada así solo puede realizarse con consentimiento, por más que el director de arte contemporáneo de la misma dijese: «Estamos intentando decidir a toda prisa lo que esto significa en el contexto de las subastas (...). No hemos experimentado antes una situación así, en que una pintura se haya destruido espontáneamente tras alcanzar un récord para el artista». Y una nota de la galería apostillase que «el inesperado suceso se convirtió instantáneamente en historia mundial del arte y supone ciertamente la primera vez en la historia de una subasta en que una obra se destroza automáticamente, tras ser rematada».

Queriendo rodear de misterio este incidente en la historia mundial del arte instantáneo, no se ha hecho más que cubrirlo de certidumbre. Al parecer, la obra ya vale el doble. Cada vez más, el negocio colosal del arte va siendo para los artistas que buscan el atajo, la martingala; para los escandalizadores. Lo malo es que, como siempre, las argucias favorecen a los grandes y hunden a los pequeños; encumbran a los universales y ponen bajo sospecha, cuando no desprestigian, a los provincianos.

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