¡GRACIAS, FRANCISCO, POR TU CARTA!

¡GRACIAS, FRANCISCO,  POR TU CARTA!

«Los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no muy lejano, muy fecundos»

ANÁLISIS

Con fecha 4 de agosto el Papa Francisco ha escrito una carta a todos los sacerdotes del mundo (466.000 aproximadamente), con ocasión de cumplirse los 160 años de la muerte de san Juan María Vianney, párroco de Ars, un pueblo de mala muerte cerca de Lyon, en Francia. Se trata de un cura un tanto pintoresco: le tocó vivir en todo el repunte de la Revolución Francesa, y todo aquello tan sugestivo de libertad, fraternidad e igualdad sería para otros, pero no para los curas pelados que pastoreaban en pueblos pelados al pie de los montes. Un solo dato para conocer lo que hizo este cura. Sus estudios fueron de todo menos brillantes, predicaba regular tirando a mal, pero, amigo mío, estaba tan metido en Dios que se pasaba cuatro horas diarias de oración en aquel cochambroso templo, y más de diez horas en aquel destartalado confesionario, al que acabaron acudiendo miles de personas, primero del pueblo, luego de Lyon, después de París y, finalmente, de toda Europa.

Pero a lo que vamos. El Papa nos ha escrito una carta larga, entrañable, exigente, cariñosa. Bien podría titularse: 'Gracias por vuestro servicio'. Da la impresión de que Francisco la ha redactado de un tirón, en su tiempo teórico de descanso veraniego, pero que en la práctica ya se ve que no ha habido tal. Por otra parte no me extraña que apenas se hayan hecho eco de ella los medios de comunicación. A fin de cuentas se trata de una carta -siempre algo muy personal- dirigida a los curas, y ¡qué diantres! no hay ningún escándalo llamativo de por medio. Aprovecho para decir que personalmente cada vez que en los medios se ha dado a los ventiladores en los casos de pederastia, he salido a la calle ¿cómo diría yo? no asustado, pero sí un tanto avergonzado. Como les pasa a los buenos políticos con la corrupción de otros o a los buenos sindicalistas con el trinque de algunos o a los buenos empresarios con la avaricia desmedida de otros colegas.

De entrada el Papa nos muestra su apoyo, su cercanía y su aliento en un tiempo cargado de malos momentos, de desilusiones y de fatigas desmesuradas. Él, que se siente como el hermano mayor de los curas, ve a la mayoría de los sacerdotes trabajando 'en la trinchera' (esta expresión es del mismo Francisco), sin hacer ruido, dando la cara todos los días en favor de sus gentes y sin darse importancia, a fin de que el Pueblo de Dios que ha sido confiado a nuestros curas esté siempre cuidado y acompañado. Con ese deje tan suyo, tan argentino, nos dice: «Me dirijo a ustedes que tantas veces, de manera desapercibida y sacrificada, en el cansancio y la fatiga, la enfermedad o la desolación, asumen la misión como servicio a Dios y a su gente, incluso con todas las dificultades del camino, escriben las páginas más hermosas de la vida sacerdotal».

Como no podía ser de otra manera, la carta del Papa se hace eco del escándalo de los abusos. Francisco explica que, «sin negar y repudiar el daño causado por algunos hermanos nuestros, sería injusto no reconocer a tantos y tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás».

Y termina el Papa esta faceta del dolor causado a la Iglesia por los impresentables que tanto daño nos han hecho a todos: víctimas, familiares, al Papa, a los obispos y a nosotros, los demás sacerdotes: «Los tiempos de purificación eclesial que vivimos nos harán más alegres y sencillos y serán, en un futuro no muy lejano, muy fecundos». Esta expresión indica que el Papa nunca se ha desanimado, y que nos dice a gritos a los curas: «¡No os desaniméis! Dios está purificando a la Iglesia y nos está convirtiendo a todos. Nos está haciendo experimentar una prueba fuerte para que entendamos de una vez por todas que sin Él no somos nada, no valemos nada».

Como es lógico la carta dice muchas más cosas, y todas muy sugerentes. Pero las dejo para los curas. Sí quiero animar a mis lectores a hacerse con la carta y meditarla, darle vueltas, porque a todos hará mucho bien. Nos ayudará a quitar tanto polvo, tanta pelusa, que se han acumulado en nuestros ojos, que nos ciegan y no nos dejan ver que Dios sigue estando y actuando en medio de su Pueblo.