UN FORMIDABLE ARTISTA

El violonchelista Mischa Maisky. :: J.C.
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El violonchelista Mischa Maisky. :: J.C.

EDUARDO AÍSA

La verdad es que pasó por Logroño una rutilante estrella de la música y dejó una imborrable estela de excelencia, de sencillez y de sublime musicalidad. Ya en la entrevista que le hizo el profesor Pablo L. Rodríguez, en la charla previa al concierto, se percibía un artista cosmopolita pero campechano, feliz con su destino de transmitir la eterna emoción de la música por los cinco continentes pero amante de la vida sencilla con su numerosa descendencia, nada de divismo ni arrogancia.

Detrás de la enorme pelambrera y de la azulada blusa de mielero de la Alcarria aparece un músico sensible con una expresión musical sincera y directa, de las que mueven intensamente las fibras del corazón y el público logroñés lo notó al instante. Ese fraseo tan elegante, esos matices tan exquisitos, esa opulencia de sonido conmueven hasta una roca. El imponente caudal sonoro que sale de su violonchelo no es solo por la enorme calidad del instrumento, sino por esa genial mano derecha moviendo el arco de forma insuperable, así como esa afinación modélica que nace de una inteligencia privilegiada y termina en una pulsación celestial de su mano izquierda. ¡Auténtica perfección!

Las versiones que nos dejó de la romántica obra de Respighi y las archiconocidas Variaciones Rococó de Tchaikovsky fueron ejemplares en su discurso musical y deslumbrantes en sus momentos virtuosísticos. Y aún concedió un generoso bis, la bellísima aria de Lenski, 'Kuda, kuda', de la ópera Eugen Oneguin de Tchaikovsky en una lectura de gran lirismo.

Ya sólo con esta primera parte quedaba colmada la satisfacción de la mayor parte del público y habría merecido la pena asistir al concierto, pero aún quedaba una obra mayor del repertorio sinfónico: la gran primera de Mahler, la sinfonía 'Titán', que tanto incomodo produjo al acomodaticio público vienés de finales del XIX. Hoy en día es una obra muy interpretada, a pesar de la enorme plantilla orquestal requerida, y obra favorita de todos los públicos por su imaginable carácter autobiográfico, sus asombrosos clímax orquestales, sus encantadores valses rústicos -ländler- y su genial caos organizado.

El director Gintaras Rinkevicius supo conducir con mano firme ese complejo entramado orquestal y obtener un magnífico resultado de esta entregada y voluntariosa joven orquesta (en Europa una orquesta fundada hace menos de treinta años es muy joven). Hemos visto en Riojafórum orquestas de más calidad y familias instrumentales de mucho más nivel, pero seguramente pocas con tanta entrega, vitalidad y ganas d e hacerlo bien como esta. La cuerda voló a buena altura, especialmente las graves, violas y violonchelos, las maderas sin hacerlo mal fueron quizá lo menos destacable y los metales algo desiguales, con unas trompas -siete nada menos- de gran prestancia sonora y unas trompetas y trombones algo estridentes. El resultado global fue francamente bueno y subió la alta temperatura del público el 'Libertango' de Astor Piazzola que ofrecieron como bis: una obra de impacto garantizado. ¡Espléndido concierto! No entiendo cómo pueden quedar asientos vacíos en días como éste. Pobre Logroño.

 

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