FACHA, TÚ

CARLOS SANTAMARÍA

En el año 1995 Umberto Eco pronunció una conferencia en el Congreso de Filología Italiana y Francesa de la Universidad de Columbia. Aquella lejana charla, una más de las del sabio escritor, es una de esas cosas raras de los 90 que uno tenía olvidadas y que de pronto regresan, como los petos vaqueros o las riñoneras. La conferencia se titulaba 'El Fascismo Eterno', y en ella Eco identificaba las catorce características inequívocas del movimiento que él mismo padeció en vida; por eso ha regresado la conferencia de Columbia, porque el fascismo, o al menos la pronunciación de la palabra, aflora hoy por todas partes igual que los granos en la cara grasienta de un adolescente.

Esa lista de catorce puntos es muy útil para reconocer al fascista de hoy. Los tarados del 'procés' los cumplen a rajatabla; desde el primero, que es el culto a la tradición, hasta el último, el uso de 'neolenguas'. La paradoja es que ellos usan el término sin descanso. Se les oye lanzarlo por todas partes: en las manifestaciones, en las instituciones o en las redes sociales. Son como el labrador tirando semillas al surco: «¡Fascista!», insultan, «¡Facha de mierda!» insisten. Es imposible asistir a esta farsa sin padecer esa sensación tan española que es la mezcla de amargura con vergüenza ajena. Habría que registrar comercialmente ese sentimiento nuestro.

Hoy acusan de fascista a cualquiera que no se suba a su tren enloquecido en el que, igual que en esa escena de los Hermanos Marx, van echando madera que saquean de los propios vagones. Si no vas con ellos, eres un fascista, un nazi, una rata, un facha. Lo manipulan todo a su antojo; el fugitivo rapero Valtonyc dijo que Puigdemont en realidad era anarquista. Cómo vamos a pedir a estos indigentes intelectuales que lean a Umberto Eco, es inútil. Han llamado fascista a Coscubiela, que creció visitando a su padre en la cárcel por impulsar Comisiones Obreras en Cataluña, o a Carlos Vallejo, que además de la prisión sufrió las torturas del franquismo. Vuelve la sonrisa amarga. Esto ya lo vimos con más dosis de dolor en el País Vasco. Los que decían combatir el fascismo le metían una bala en la nuca a cualquier sencillo concejal elegido por su pueblo.

 

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