«Es esperpéntico discutir por los huesos de alguien que murió hace 43 años»

El dictador Francisco Franco (dcha.), durante una jornada de pesca. :: r. c.
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El dictador Francisco Franco (dcha.), durante una jornada de pesca. :: r. c.

«Los restos de Franco no deben estar en el Valle de los Caídos», dice el Premio Nacional de Historia 2017, que publica la biografía 'Anatomía de un dictador' Enrique Moradiellos Historiador

ÁLVARO SOTO MADRID.

Al principio, el profesor de la Universidad de Extremadura Enrique Moradiellos (Oviedo, 1961) escribió 'Franco. Anatomía de un dictador' (Turner) para familiarizar a los lectores anglosajones con la figura del hombre que dirigió los destinos de España desde 1939 hasta 1975. Eso le permitió alejarse de cualquier juicio ideológico sobre el personaje, algo poco común en tantas biografías publicadas en España, invalidadas por la pasión y la subjetividad. La «coyuntura», como el ganador del Premio Nacional de Historia 2017 denomina a las últimas noticias sobre el dictador, ha convertido en un libro de plena actualidad este preciso análisis sobre Franco.

-¿Los restos de Franco deberían permanecer en el Valle de los Caídos?

-Desde 2010 sostengo que no deben estar en el Valle de los Caídos. Primero, porque el edificio se concibió como un mausoleo para los caídos en la guerra, y Franco no es un caído. Segundo, porque está enterrado en el trascoro de una basílica, y no es ni un santo ni un obispo. Y tercero, porque si Patrimonio Nacional gestiona su tumba, debería gestionar las tumbas de otros jefes de Estado, como Alcalá Zamora.

«Que Franco era un tonto y un mediocre sólo lo pueden decir los analfabetos en historia»

-Y entonces, ¿qué hacer?

-Mover el cuerpo de un difunto es siempre muy complicado, y más en este caso. Debería llegarse a un acuerdo interpartidista e intergeneracional, de manera tranquila y sosegada. El cuerpo se debe entregar a sus familiares, que, recordémoslo, en una democracia no heredan las culpas de sus muertos. Ellos deben hacer lo que deseen y si ese deseo es enterrarlo en La Almudena, pueden hacerlo. Lo que no tiene sentido es cambiar las leyes para que no sea posible. Y si eso no es asumible, que se negocie con la familia. Todo lo referente a la memoria, sobre todo con un acontecimiento traumático como la Guerra Civil, requiere mucho tacto. Pero es esperpéntico que este país, con todos los problemas que tiene, esté discutiendo el destino de los huesos de alguien que murió hace 43 años.

-¿Por qué los españoles siguen obsesionados con Franco?

-No ocurre como con Hitler o Mussolini, que dejaron sus países devastados y eso hizo que su memoria sea insalvable. Aquí, Franco murió en la cama y media España lo apoyó desde la Guerra Civil hasta 1975. Eso hace que su legado sea ambivalente, igual que el de Stalin en la Unión Soviética. La media España que lo sostiene compara cómo estaba en 1936 y cómo estaba en 1975, y ve que el franquismo no dejó un país miserable. Se había avanzado en la industrialización, en la secularización, incluso en un sentimiento de repudio general de la violencia. Se había hecho una transición social, y eso hizo que la transición política fuera relativamente fácil.

-Usted huye de la tentación de retratar a Franco como un hombre mediocre.

-Que Franco era un incapaz, un tonto o un mediocre sólo lo pueden decir los analfabetos en historia. Fue un hombre que desató una Guerra Civil, la ganó, sorteó los peligros de la Segunda Guerra Mundial y luego de la postguerra, sobrevivió a los años 60... Si ese hombre era un tonto, que venga Dios y lo vea. Podemos decir que no era amante de Kant ni de Bach, pero tenía inteligencia política, su léxico viene de los libros, escribe los borradores de sus discursos. También fue un hombre valiente que al salir de la academia se apunta como voluntario a las fuerzas de choque en África, donde las posibilidades de morir eran muy altas. Era, eso sí, la encarnación de un hombre provinciano. A Franco la gran ciudad no le gustaba mucho y decía que había sido muy feliz en Oviedo, donde se casó, y en Zaragoza, cuya Academia Militar dirigió.

-En su libro, rechaza que el franquismo sea calificado como un régimen fascista.

-Fascista es una etiqueta que sirve para la descalificación política, pero no historiográfica. Para eso, es ridículo. El franquismo tiene fascistas, pero también nacional-católicos, monárquicos autoritarios y conservadores sin adscripción política. La clave de bóveda es Franco, que sabe mantener el equilibrio, consciente de que esta coalición es como una gran familia que puede tener sus peleas, pero que permanecerá unida. El Ejército, la Falange y la Iglesia son los tres pilares del régimen. Los dos primeros nunca lo abandonan. La Iglesia, sí, y eso lo sintió como una puñalada, aunque él nunca abandonó a la Iglesia.

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