ESCRITO EN EL AGUA

ESCRITO EN EL AGUA

«En una de las villas más bellas del alto Oja, en una tumba humilde, figura esta inscripción dedicada a la madre: «La casa era su luz, Señor. Ahora / tu corazón, su casa»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

En la parte antigua del cementerio llamado de los ingleses, en Roma, una lápida vertical da testimonio del paso por la vida del poeta inglés John Keats. Nacido el 31 de octubre de 1795, moría a los veinticinco años, el 24 de febrero de 1821. La inscripción dice así: «Esta sepultura contiene todo lo que fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, ante el malicioso poder de sus enemigos, deseó estas palabras para ser enterrado en su tumba: Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua».

La inscripción matiza que el sepulcro contiene «lo que fue mortal» del joven poeta, porque el destino de lo que no es mortal -se sobreentiende- es un misterio que no cabe en sepultura alguna, no entiende de fronteras ni de límites.

«Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua». Epitafio tan bello como enigmático. ¿Qué nombre logró nunca ser escrito en el agua? ¿Hay trazo que al contacto del agua no se borre? ¿Qué pluma es la que acierta a fijar lo huidizo, a hacer eternidad del puro instante? ¿El poeta presume de haberlo conseguido o alude a que su nombre, como el río fugaz, desaparece? Él, que había cantado en su 'Oda al ruiseñor': «Pero tú no naciste para la muerte, ¡Oh, pájaro inmortal!», se quedó con nosotros en sus versos, nos legó en sus poemas esa belleza impar que no perece.

Así lo recordaba su poeta y amigo Percy B. Shelley: «El polvo al polvo irá. Su alma pura -ajena a la mudanza de las horas- ondeará otra vez sobre la ardiente / fuente de cuyas aguas procedía (...). Sí, vive, está despierto. Quien ha muerto / no es él, sino la muerte».

En esa misma onda de océano o de río, emerge el epitafio del poeta chileno Vicente Huidobro: «Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar». ¿Cómo abrir una tumba hasta encontrar el mar? ¿Qué mar es ese? ¿Será el mar del amor, de la belleza, destino del poeta, de todo ser humano que pasa por la tierra recreándola, haciéndola palabra siempre viva al servicio del hombre? El corazón humano es trascendencia, latido de esperanza que pide infinitud y permanencia atónita, entrañable.

Juan de la Cruz, sediento de presencia y hermosura, soñaba con el rostro del Amado -«Oh, cristalina fuente...»-, anhelaba tenerlo cara a cara, aunque satisfacer ese deseo le costara la vida. Prefería morir a estar a oscuras, fallecer a quedarse por más tiempo sin los ojos amados.

Y así se lo pedía, tratando de explicarle a quien es la razón de ser de todo, a quien nos ama por encima de todo, a quien nos llama a estar con Él en todo instante, que el mal de amor exige la presencia de aquel a quien se ama: «Descubre tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura; / mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura». Como si Él no lo supiera y deseara, como si Él no gozara nuestra correspondencia afectuosa, como si Él no sufriera nuestra pasividad, nuestra ignorancia o nuestra desmemoria indiferente. Bien sabía san Juan que el mal de ausencia es una muerte lenta, la peor de las muertes.

En una de las villas más bellas del alto Oja, en una tumba humilde, figura esta inscripción dedicada a la madre: «La casa era su luz, Señor. Ahora / tu corazón, su casa». El río es oración en la penumbra serena de la tarde.

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