«COMO DECÍAMOS AYER...»

«Ha sido a lo largo de este año y medio cuando Dios me ha hecho ver el porqué de la enfermedad, del dolor, de la contrariedad, del sufrimiento. El contemplar de cerca la Cruz, tan cerca que está dentro de mí, me ha cambiado. Y ha sido para bien»

IGLESIA

Sé que se trata de un plagio vulgar y corriente, pero me hace ilusión imitar aunque sea de modo superficial y rústico a dos fenómenos españoles, dos primera división en el manejo de la herramienta del lenguaje, y que fueron fray Luis de León y Miguel de Unamuno. Al primero lo mandó al banquillo la Inquisición; al segundo, un tal Primo de Rivera, senior.

Mi caso no ha sido tan espectacular ni tan mediático. A mí nadie ni nada me prohibió nada, ni me negó nada. A mí me apartó de escribir un cáncer vulgar y corriente, muy corriente. Eso sí, al igual que fray Luis de León y Unamuno volvieron a su actividad docente con ánimo redoblado y con el humor que contiene ese famoso «Como decíamos ayer...», yo también reinicio mi escrito dominical con la mente puesta en mi querido Diario LA RIOJA y en mis lectores.

Hoy creo que, muy a mi pesar, me va a tocar hablar demasiado de mí mismo, cosa que da como pudor. Pero de esta forma salgo al paso y agradezco la preocupación mostrada por muchos logroñeses y riojanos.

Acerca del cáncer yo conocía lo que el común de los mortales, muy poco. ¡Nada! Pero ese poco era terrible, temible, como para poner los pelos de punta. El jinete del Apocalipsis de nuestro tiempo. Al día de hoy, sigo sin conocer prácticamente nada. Aquí, en el San Pedro, y en Pamplona, en la Clínica Universitaria, se me dijo que mejor no hacer una tesis doctoral al respecto: cada caso es cada caso y lo importante es luchar en el día a día, y sin desfallecer. Y a fe que lo he hecho. Como lo están haciendo, hoy y ahora, tantos y tantos riojanos y riojanas de toda edad, sexo y condición. El cáncer pega -lo estoy constatando vivencialmente ahora en mis paseos de recuperación- a ricos, a pobres, a guapos, a feos, a jóvenes, a adultos, a famosos y a los del común.

Yo he sido un hombre aparentemente muy fuerte. Sin embargo, y a la postre, soy tan miedoso como todo mortal. Baste decir que el mero hecho de tomarme la tensión arterial me suponía una desazón días antes de la prueba. Y aquí viene lo gordo: cuando me comunicaron los médicos el mal que yo tenía -cáncer en el colon y metástasis en el hígado-, ¿quieren saber cuál fue mi primera y más inmediata reacción? Confesarme. Y no porque mi condición de pecador -como lo somos todos- fuera en ese momento algo vitalmente primordial, no. Sucede que me vi a mí mismo tan limitado, tan poca cosa, que mi primera reacción fue volverme hacia mi Hacedor, hacia mi Padre Dios, como el niño que se ve necesitado de todo. En mi interior le dije: «Señor, me pongo en tus manos».

Escribo todo esto tan personal porque la relación que yo tengo con mis lectores es una relación de respeto, de afecto y aun de cariño, estén de acuerdo o no con mis apreciaciones y puntos de vista.

Creo comprender ahora a aquellas personas a las que la aparición del cáncer les ha cambiado absolutamente la vida. De hecho a mí también me la ha cambiado.

El cáncer, con toda la contrariedad que entraña, me ha venido espléndidamente bien para afirmarme en mi sacerdocio, para unirme más con Dios, para ser más comprensivo y cariñoso con los demás, sobre todo con los ancianos y enfermos. Y todo ello lo achaco a una sola cosa: al descubrimiento, real y práctico, existencial y entrañable, del gran misterio de la CRUZ. ¿Cuántas veces, a lo largo de mis cincuenta y tres años de sacerdocio he predicado acerca de la Cruz, de la aceptación de la voluntad de Dios, de ofrecerle el dolor, el sufrimiento, la contrariedad? ¡Cientos de veces, miles de veces! Creo en lo que predico. Sin embargo, ha sido a lo largo de este año y medio cuando Dios me ha hecho ver el porqué de la enfermedad, del dolor, de la contrariedad, del sufrimiento. El contemplar de cerca la Cruz, tan cerca que está dentro de mí, me ha cambiado. Y ha sido para bien. Siento ahora mi vida más llena porque estoy más cerca que nunca de los enfermos y de los que sufren. Y ha sido un don de Dios. Ya no hablo de oídas; hablo de lo que veo y toco en todo momento. Por esto, y por muchas otras cosas más, doy gracias a Dios de todo corazón.

Termino agradeciendo a mi buen amigo Vicente Robredo, nuestro vicario general de la diócesis, lo estupendamente bien que me ha guardado las espaldas en todo este tiempo y advirtiéndoles de que vuelvo a estar con ustedes cada domingo.