CORPUS CHRISTI

CORPUS
CHRISTI

«Las gentes se santiguan, lo saludan, le rezan con piedad, cantan a coro. Recuerdan su niñez: aquellos días de comunión primera, de fe limpia, de inocencia ataviada y de rosario, de madre primorosa»

IGLESIA

Llega el día, gozoso. Ventanas y balcones se engalanan; las calles son jardines, flor, aromas: es el Señor quien pasa, el Pan de Vida, dado a ver, a palpar, comer a todos cuantos le abren sus ojos y sus bocas, la sencillez de su alma.

Las gentes se santiguan, lo saludan, le rezan con piedad, cantan a coro. Recuerdan su niñez: aquellos días de comunión primera, de fe limpia, de inocencia ataviada y de rosario, de madre primorosa.

Corderito de Dios, de leche virgen, Él se muestra, se ofrece, se da a todos, su accesibilidad es absoluta. Para que nadie quede sin comerle, para que nadie quede sin dejarse comer. Que solo siendo amado y solo amando puede garantizarse el bien de todos, la paz y la justicia.

Las campanas son gloria, a gloria tocan y convocan a unirse a la alabanza. Y lo alaba la aurora cortésmente, y la alondra y la brisa tan delgada, y el rosal con la lumbre de sus rojos y la nube curiosa. Todos -niños, mayores- todos juntos, en procesión, solícitos lo alaban, henchidos de fervores y entusiasmos que no saben de dudas.

También Lope de Vega lo alababa por quedarse galantemente en cuerpo en medio de nosotros: «¡Qué bien os quedasteis / galán del cielo! /Que es muy de galanes / quedarse en cuerpo;».

Y lo alababa Lorca. Con palabras fervientes, cariñosas, en su Oda al Santísimo Sacramento. Federico no puede contenerse, viendo a su Dios tan cerca, diminuto, latiendo, crepitando en la custodia como fuego que el Padre está avivando: «Vivo estabas, Dios mío, / dentro del ostensorio. /Punzado por tu Padre/ con aguja de lumbre». ¡Qué intensidad de amor, de íntimo asombro late en ese «Dios mío»!

Así es como el poeta quiere verlo y tenerlo: siempre a mano, a la vista, musical alimento; Dios pequeño, desnudo, al que acunar, fajar, carne de cielo: «Es así, Dios anclado, como quiero tenerte. /Panderito de harina para el recién nacido... /Es así, forma breve de rumor inefable, /Dios en mantillas, Cristo diminuto y eterno». Un Dios que es alborozo, que es festejo radiante, que congrega en su seno la alegría del cosmos: «¡Alegrísimo Dios! ¡Alegrísima Forma! / Aleluya reciente de todas las mañanas». Un Dios, Cuerpo bendito, que funde en su belleza lo más pobre, transfigura lo más débil y enfermo: «¡Oh Corpus Christi! ¡Oh Corpus de absoluto silencio, / donde se quema el cisne y fulgura el leproso!».

Un Cristo así nos salva, culmina lo que somos y queremos; lo que la humanidad está esperando: el dulce fruto de paz y de justicia en nuestra tierra, el banquete de bodas con lo eterno. Que es anhelo común, es bien de todos, no solo de una parte de la historia, de la geografía. Un Cuerpo así es el fruto que ha nacido, crecido, muerto y resucitado por nosotros. Patrimonio común -«Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros» (Lc 22,19)-, que se entrega y que salva y se anticipa como primicia cierta de lo utópico.

¿Puede aspirar a más nuestra familia humana que a esta entrañable comunión completa a la que estamos todos invitados? Así lo recordaba Jesse L. Jackson, líder de la comunidad afroamericana estadounidense en su artículo en un diario nacional, el día 26 del pasado mes de mayo: «Creo que el máximo objetivo que pueden tener los seres humanos es aprender a amarse unos a otros, buscar la justicia social, económica y política para todos, aprender a desarrollarse y convivir en paz».

¿Vamos a ello?

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos