CÍRCULOS VIRTUOSOS

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

No busques el porqué; en el amor no hay porqués. Me habla de Anaïs Nin la actriz Ángela Palacios, que ha llevado al teatro la pasión de la amante de Henry Miller en 'Solo creo en el fuego'. No puedo evitar pensar en ellos y en el abrupto triángulo amoroso que formaban Anaïs, Henry y su esposa June, mientras sigo tras Denise Despeyroux los círculos menos viciosos y más apacibles de 'Un tercer lugar'. Pese a la oposición aparente con el exacerbado erotismo de la escritora francesa, el novelista norteamericano y su mujer, el platonismo de la dramaturga hispano-uruguaya me lleva a la misma conclusión: no hay razones, no con el amor.

Con originalidad en la creación de personajes, brillante capacidad para hacerlos dialogar, un humor inteligente y grato y gran sensibilidad en la puesta en escena, Despeyroux desarrolla en esta comedia sentimental con apuntes filosóficos la compleja hipótesis de que dos personas, antes de convertirse en pareja, deben recorrer, cada cual por su lado, un difícil camino hasta encontrarse en un tercer lugar extraño a ambos. La geometría de 'Un tercer lugar' traza círculos excéntricos que empiezan girando alrededor de seis personajes peculiares, bastante neuróticos todos ellos pero nada estereotipados, y luego describe las elipses de situaciones menos erráticas pero siempre imprevisibles, entre la lógica y el surrealismo. Por más que se argumente a Hume, Berkeley, Wittgenstein y compañía, la equis de la ecuación siempre termina despejando un resultado más mágico que matemático. Ni la teoría de los seis grados de separación es capaz de explicar el caos; no me llames contradictorio, llámame humano.

¿Un perro lleno de dolor o de tristeza se vuelve pendenciero? Lo mismo que si dejan de amarte. Tales son los títulos de los quince episodios de esta rayuela de círculos triangulares. Pero ni las leyes de Mendel ni las de la lógica funcionan en los corazones amargos y dulces de Tristán, Cordelia, Samuel, Carlota e Ismael... Todos ellos son luminosos, lógicos a la manera común y chiflados a su manera única. Todos tienen, no una, varias historias y están deliciosamente interpretados. Conmueven: ríes y sientes pena. Pero la más especial es Matilde, encarnada por la propia Despeyroux, un personaje (no sé si Matile o Denise) iluminado por la paradoja de la razón y la fantasía.

Sospecho con ambas que en el amor no hay porqués ni soluciones.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos