CHARLATANES

CARLOS SANTAMARÍA

Felipe II tardó 36 días en conocer el resultado de la batalla de Lepanto. Aquel rey emperador estuvo más de un mes oyendo rumores por los pasillos de la corte. 36 días de susurros y habladurías hasta que por fin lo supo con certeza; su imperio había vencido en esa carnicería marítima en la que se dejaron la vida cuarenta mil hombres de todas las naciones. Esa necesidad por saber lo que sucede acompaña al ser humano desde siempre, tan solo ha cambiado la velocidad: en 1571 la información viajaba en tinta de pergamino a ritmos de carromato y ahora las noticias se propagan al instante.

Las nuevas tecnologías nos lo han puesto muy fácil; somos todos yonkis de la información, un público extraordinario para los profesionales de la charlatanería. Ferran Adrià, que seguramente es un genio, vino el martes a La Rioja y entre otras cosas nos dijo a a los riojanos que aquí tenemos una cosa muy importante, que es el vino de Rioja. «Lo que hay que hacer es no tener miedo e ir para delante». Humo. Eco. El sonido que hace un niño al golpear un cántaro vacío.

La Rioja es territorio de promesas. Aquí se convoca a los medios para anunciar que pronto se va a anunciar algo, para decirnos que se ha previsto hablar con alguien o que se está considerando iniciar los trámites de alguna cosa. Hay obras que se han anunciado tantas veces que cuando por fin comiencen vamos a echar de menos esas ruedas de prensa que son gigantescos monumentos a la nada. La noticia es el anuncio, botellas que un náufrago recoge en la playa pero sin mensaje dentro; brilla el sol en el reflejo del cristal.

Cuando a la presidenta de Lituania le preguntaron por el acuerdo español sobre Gibraltar y el 'brexit', dijo: «Hemos prometido que prometeremos», y se marchó con sonrisa de filibustera. Estamos tan hambrientos de noticias que tragamos los despojos que nos tiran los cuentistas. La antropóloga argentina Irina Podgorny escribió un tratado sobre los charlatanes del siglo XIX. Explica un patrón que siempre se repite: cuando los vecinos descubren que todo es mentira, lo echan a pedradas del pueblo; después corren a dar la bienvenida al siguiente embaucador que llega con sus trastos a la plaza.

 

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