Camaleónicas, altas y con carácter

La modelo Marina Pérez, durante un acto en Madrid. :: Kiko Huesca / efe/
La modelo Marina Pérez, durante un acto en Madrid. :: Kiko Huesca / efe

El patrón físico de las modelos cede ante su capacidad de interpretación en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid

DOMÉNICO CHIAPPE MADRID.

En el aeropuerto de Miami, durante la espera para entregar el pasaporte y entrar a Estados Unidos, Esther García, responsable de casting de grandes pasarelas en España, vio a una chica «monísima». Su ojo profesional se activó, se acercó y le preguntó: ¿Eres modelo? Ella le respondió que no, y allí García, que en su buzón encuentra cada día unas cinco solicitudes de aspirantes, le recomendó hacer una prueba y le dio sus señas. «Veo modelos todos los días de mi vida», dice García que, como todos los años, hizo la selección de las 70 chicas y 40 chicos que desfilarán en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid (MBFWM). «Llevo mis notas y pienso en unos u otros para mis clientes. Cuando se acercan las fechas, pido opciones a las agencias. Realizo el casting general, me reúno con los diseñadores y la decisión se modifica hasta el último momento», dice.

Este año, el perfil de MBFWM mantiene la altura, entre 178 y 180 centímetros para ellas y entre 180 y 185 para ellos, «mejor si son camaleónicas y siempre con rasgos diferenciales y porte elegante», dice García. «Hombres o mujeres, los ves por la calle y no crees que sean modelos. Dices: '¡oye, es como rara!' Rompen lo que la sociedad interpreta como el estándar de belleza». Otra característica necesaria, que además representa a la pasarela madrileña, antes conocida como Cibeles, es el aspecto «saludable», como remarca Charo Izquierdo, directora de la MBFWM. «Guapas y en forma», con un índice de masa corporal similar al que recomienda la OMS.

Cuando suceden encuentros fortuitos como el de aquel aeropuerto, los posibles nuevos modelos, generalmente estudiantes, suelen probar en el mundo de la costura. No todos logran hacer una carrera, a pesar de la «estructura» que tengan. De hecho, hay «una gran renovación de modelos cada año».

Hay una cualidad intangible más allá del patrón físico. «Magia», dice Modesto Lomba, diseñador de Devota & Lomba, que ayer mismo atendió a una persona que le llevaba las fotos de un familiar que quería ser modelo. «No lo alcanzo a definir. Algo innato y natural que hace que, cuando esa persona sube a la pasarela, se crezca», explica.

Hasta los años 80, las modelos eran parte del equipo fijo de una marca. Eran las 'maniquís' de Dior o Chanel. Los costureros tenían tiempo para ajustar los vestidos a sus cuerpos y los desfiles mostraban la colección completa durante casi una hora, tiempo reducido ahora a la cuarta parte. En ese tiempo, «buscamos transmitir el espíritu de la colección. Una imagen compactada, reforzada por el conjunto formado por modelos, música e iluminación», explica Lomba. En citas como la de Madrid, los diseñadores disponen de unos diez minutos para hacer los arreglos, lo que afecta la elección de la «tipología» de la modelo. Se busca una cierta uniformidad que vaya con la marca, pero también de medidas, formas menos curvilíneas, para adaptar mejor los vestidos a quien lo portará ante el público.

Más allá del cuerpo, hay una cuestión de actitud. De interpretación de aquello que quiere transmitir el modisto. «Debe ser capaz de defender la ropa del diseñador», sostiene Izquierdo. «La ropa siempre en primer lugar». ¿Una modelo ideal de todos los tiempos? «Una maravillosa que seguimos teniendo, Marina Pérez», responde García. «Por su magnetismo y fuerza de carácter».

Con una «vida bastante normal», Marina Pérez se prepara para la pasarela con una dieta más sana, «para cuidar la piel» y estira las horas de sueño. En los minutos previos al desfile, deja que maquilladores, peluqueros y modistos preparen su cuerpo, mientras ella atiende a las instrucciones del diseñador y asume la actitud que exige la colección. «Te pueden pedir ser sexy, seria, andrógina o como algo que ni siquiera existe, como un fantasmilla», explica Pérez, que en su tiempo libre se dedica a la sastrería tradicional, la confección manual de trajes para hombres. «No puedes salir siempre igual porque tienes que representar lo que quiere el diseñador. Hay que actuar sin palabras. Con miradas, con la forma y ritmo de andar», dice.

En estos años de profesión, Pérez ha visto un cambio, no tanto en el exterior de las modelos sino en el reflejo que la alta costura hace de la mujer. «No hablo de feminismo sino de igualdad», afirma. «Los diseñadores empiezan a hacer otro tipo de moda, para vestir de forma distinta, más varonil. Más trajes, cada vez menos tacones. Pasa también en las editoriales de moda. Ya no se usa tanto la imagen de sensualidad ni de chica explosiva. Es más cañero. No resalta tanto los atributos de una mujer, sino la fuerza de la mirada o la pose que no tiene por qué ser femenina». Una tendencia que confirma Izquierdo y que se trasladará al perfil futuro del modelaje. «Una imagen de la mujer fuerte y poderosa», vaticina Izquierdo. «Quizás algún diseñador hará un guiño». En la era del #MeToo la modelo también se transforma.

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