CABINAS

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

La imagen es un lío gigantesco de cables enganchados a un poste. Es una foto de 1911 de la ciudad de Pratt, en el estado de Kansas, y en ella aparece un enredo de cientos de hilos dando vueltas a un madero. Colgado en mitad del poste de teléfonos se adivina, borrosa como un fantasma, la figura oscura de un empleado de la compañía. Hay otra imagen igual de desconcertante y aún más antigua. Estocolmo. 1890. Miles de líneas de teléfono se conectan a la torre de comunicaciones de la ciudad, una especie de torreón militar hecho de metal y cables. Ambas fotos se suelen enseñar en las facultades de ingeniería y de comunicación para explicar el ritmo frenético del progreso tecnológico.

De aquellos cables ya no hay nada, sólo historias de profesores y fotos para el recuerdo. Ahora van desapareciendo de nuestras calles las cabinas, igual que se marchan los buzones de correos o los vasos de tubo. La nostalgia, con esa rara sonrisa, acerca sus nudillos a la puerta para dar sus toquecitos y avisarnos de que el tiempo avanza, y de que con esas extinciones también se marcha una parte de nosotros. Hay infinitas historias sobre cabinas. Podría escribir sobre el corto de Mercero, o sobre la escena de 'Los pájaros' de Hitchcock, pero es mejor traer a la memoria aquellas puertas como de fuelle que se plegaban y en las que no era difícil pillarse el brazo, o esas llamadas a cobro revertido que tenían que aceptar en el destino, o el tintineo alegre y metálico al meter los dedos en la cajita para recoger los cambios. También recuerdo las cabinas londinenses en las que todos nos hemos hecho una foto. Qué sitios tan sórdidos y mugrientos esas cabinas inglesas, aisladas y suciamente orgullosas; buena metáfora de todo un país.

Se marchan las cabinas pero se quedan; van a indultarlas igual que al toro de Osborne y en el fondo uno no sabe si es buena idea, porque las veremos por las calles, mudas, vacías y absurdas, como las ruinas de algún viejo imperio que se derrumbó hace siglos. Salvan a las cabinas del naufragio como si eso sirviese de algo, como si al pasar por su lado uno no se viese en otros tiempos, cuando éramos más jóvenes, más ingenuos y, algunas veces, más felices.