ASOMBROSOS BRAZOS

PABLO GARCÍA-MANCHA CRÍTICA DE FLAMENCO

Se diría que María Pagés es todo brazos. Los mueve con el acento de las mareas, se precipitan sinuosos o duros como el marco de una ventana. María y sus brazos son pura poesía líquida de un flamenco que con ella se convierte en un arte incandescente. Llama siempre viva que no se consume ni muere, danza de unos codos sin aristas que se convierten cuando ella quieren en celosías inaccesibles que compiten con la mismísima naturaleza por sostener los quejíos cuando lo detiene sin respiración al compás de un martinete oscuro que se pierde en la noche de los tiempos: «Que el amor es mi ley, es mi fe y voy adonde me llevan sus monturas», que escribió el místico sufí murciano Ibn Arabi y con el que la artista sevillana se presentó en la anochecida del sábado en las tablas del Bretón.

Llegaron los fandangos musitando el Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, y María Pagés deshaciendo una madeja imposible de palabras con sus brazos, los mismos pero diferentes otra vez, y sus piernas infinitas que se sujetan ingrávidas como columnas celestiales en una bailaora total y cabal que recupera el sonido de sus pies alejándose de cualquier prosopopeya estética para hilvanar con singular belleza las esperanzas que conmueven a los espectadores cuando la observamos deslizarse por el cielo sin alas pero sostenida por el invisible eco de las Palabras para Julia de José Agustín Goytisolo, aquel de Alquibla y de las Virtudes del Pájaro solitario, de los poemas malditos resistentes al silencio y al oprobio de los profetas. Y después, la Malagueña del Mellizo, que es la mismísima zona cero de las malagueñas: «Siempre bailo en mis desiertos».

Y entre tanta alma y desconsuelo llegó para el espectador la sorpresa jovial de la velada: 'Los tangos del autobús'. Un jeribeque cómico a guisa de entremés y de diálogo en la parada y en bus de una señora y su amiga. O de una amiga y su señora. Puro teatro, con el coro de los seis músicos convertidos también en actores en una especie de oasis en mitad de la danza en las dunas compuestas por El Arbi El Harti por tientos, tangos y un zorongo gitano.

Y la cumbre de la noche llegó al final: el martinete con la letra de Mario Benedetti 'dame tu mano', y unas alucinantes granaínas compuestas por El Arbi El Harti en las que María Pagés bailó con un vestido negro sencillamente increíble con un vuelo a guisa de derviche en una suerte de catarata de imágenes sin solución de continuidad que inundaron todo el teatro de un velo negro y oscuro por donde aparecían los brazos de María Pagés ahora convertidos en ríos y afluentes de su cabeza de diosa de la danza.

Impresionante actuación de una de las más grandes bailaoras de la historia del flamenco. Una mujer que parece contener dentro de su cuerpo todas las metáforas del arte, todas las conmociones del alma que se pasean sin esfuerzo desde la punta de su meñique del pie al anular de cualquiera de su dos manos, manos donde desembocan los brazos más gigantescamente esculpidos del flamenco. Brazos que son ríos y que se mueven como si navegaran por cualquier mar en calma.

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