ANTOÑITO

CRÍTICA DE ARTE - ALBERTO PIZARRO

Esta sección, habitualmente de colores, hoy se viste de negro luto porque ha muerto el pintor Antonio Martínez Ortega.

Nacido en un pueblecito de Zamora, durante la Guerra Civil, hijo de un burrero andaluz, con nueve años dio en fugarse de la escuela para ir de pinche con un pintor de frescos. Cuando se enteraron en su casa habían pasado cuatro meses, y optaron por dejarle aquel curso con el pintor, lavando pinceles, latas y bebiendo el dulce veneno de la pintura, que le deleitó hasta su muerte. En 1969 se trasladó desde la provincia de Jaén hasta Alberite, donde conoció a Emilio García Moreda, quien se refería a él como «mi buen amigo y discípulo».

Un tanto zumbonamente, decía que cada uno ve en un cuadro lo que le parece, que no hay que explicarlo, y que «no es difícil hacer una pintura abstracta, lo difícil es ponerle nombre». Fue el genuino pintor naïf-abstracto de La Rioja, con la humildad de confesarse mejor entendido en pintura que pintor.

No había evento relacionado con la plástica para el que, si se requería su colaboración o presencia, no se obtuviese de él la más entusiasta respuesta. Se sentía pagado con que en la exposición del Memorial García Moreda, que reunía tanto a pintores riojanos consagrados como aventajados neófitos, le colgasen algún cuadro. Y se instalaba en el nirvana si el suyo estaba al lado del de su inolvidable Emilio.

Alguna de sus obras apareció en los libros 'Homenaje a Celaya' y 'Diez años de la Galería Berruet'. En éste, el Equipo Crítica (ya puede suponerse quién estaba detrás) no captó que, más que pintar -a lo cual accedió muy tarde y sin formación- lo que de veras le apasionaba era ver pintura, hablar con los artistas, integrase en su ámbito. En un tiempo en que la abstracción no se entendía, y que para no parecer un advenedizo en las salas de exposiciones convenía asentir a lo que dijeran críticos y escribidores desaprensivos pagados en especie, el Equipo Crítica con un irritante abuso de confianza, una suficiencia digna de peor causa y una falsa benevolencia- le endilgó: «No te ciñas en exceso a lo concreto, deja que unas gotas de locura y un regato de anarquía sean el caudal que haga fructificar el árbol de tus ilusiones plásticas (...). Pinta haciendo arte, no oficio de manos educadas'. Pretensión tan inoportuna como la de querer enseñar a un padre a hacer hijos.

Salvo enfermedad o tiempo inclemente, los sábados organizaba almuerzo en su casa de campo, al que no faltaban los artistas José Flaño -junto a quien recibió el Mazacote de Oro-, Javier Moreno, Robin, un heteróclito grupo de diletantes alberiteños y Amado el herrero... Hasta que le fue poseyendo el insidioso alzhéimer, convirtiéndole en un rostro sin memoria.

No voy a echar de menos su pintura -dejémonos de hipocresías post mortem-, pero su ausencia me va a resultar dolorosa mientras tenga capacidad de recordar. Tanto, que si a alguien debería endiñar hoy con esta 'crítica' sería a mí mismo, por no haber frecuentado más el trato con don Antonio. Sí, con don Antonio.

Que su familia me perdone el que no acudiese al entierro. Prefiero llorar en casa.

 

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