MIL AÑOS CON ELLA

JONÁS SAINZ CRÍTICA DE TEATRO

A ver cómo te cuento yo esto, si todavía estoy llorando. Hay en el centro una mujer extraordinaria, la única, la más hermosa, la mejor de todas, el ser ideal; una llama ardiente en la oscuridad, la esperanza imposible en medio del desastre que acabará con todo. Y a su lado, pequeño, asombrado, agradecido, devoto, desolado, inerme, enamorado hasta más allá de lo permitido, está el hombre. Viéndola irse, contando su muerte, queriendo morir a su lado y, en cierto modo, muriendo, pero sin ella. Solo le vemos a él, pero es ella la que lo ocupa todo. Tampoco hace falta verla; la reconozco enseguida; se sienta a mi lado. Yo al suyo. Nos ocupamos del mar y tenemos la tarea dividida.

'Señora de rojo sobre fondo gris' no quiere ser lamento, sino canto. Patético, doloroso, desgarrador, pero hermoso canto de amor póstumo, de amor por siempre. Demasiado peso el amor eterno para ser simples mortales los amantes, demasiada pesadumbre cuando falta el otro. Miguel Delibes lo compuso para su esposa Ángeles de Castro, tras enfermar y perderla, y por pudor hizo que los personajes de su novela fueran Nicolás y Ana, un pintor y su mujer y ayudante. Por título le dio el del cuadro en que un pintor real, Eduardo García Benito, la retrató casi a la misma edad en que murió, todavía joven, todavía bella. Señora de rojo sobre fondo gris. El propio Delibes sufría celos de aquella pintura. Por qué él no fue capaz de decirle todo lo que sentía mientras estuvo viva. Y ahora, José Sacristán, que ya fue el Pacífico Pérez de 'Las guerras de nuestros antepasados', interpreta en el teatro esta maravilla, digna de las legendarias 'Cinco horas con Mario' de Lola Herrera.

Yo pasaría mil años con ella.

Era el otoño del 75, otro un noviembre funerario, y además una de las hijas del matrimonio y su marido estaban encarcelados por motivos políticos en una España que agonizaba y quería morir atando. El miedo a la prisión de la hija y a las torturas se mezclaba con el miedo a la enfermedad y a las torturas médicas de la madre. Siempre la recordaré al sol de otoño en el patio de la cárcel... No recuerdo la frase completa. Pero sí recuerdo esta otra: 'Una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir'. Yo pasaría mil años con ella.

Desde la primera escena con el vaso de whiski en la mano, ya sé que es muy fácil el recurso de la bebida, hasta que concluye de nuevo con otro trago, si alcanzo la medida justa de alcohol consigo verla, no es Sacristán quien aparece, sino Nicolás. Por grande que sea el actor, es el personaje quien surge, pequeño, desvalido, inconsolable. Con la voz, con la mirada, con levísimos gestos, con ademanes sutiles, atraviesa tantos grados diferentes de la pena que es imposible no reconocerse.

Ay, Galván, Galván, hiejo y nieto de Galvanes, lo que tú haces solo lo logran los más geniales en este viaje a ninguna parte. Actuación memorable y monumental como las de Amparo Rivelles en 'Los árboles mueren de pie', José Luis Gómez en 'Azaña', Nuria Espert en 'La violación de Lucrecia', José María Pou en 'La cabra', Vicky Peña en 'El largo viaje del día hacia la noche', Lluís Homar en 'Tierra baja' o la propia Lola Herrera. Qué tesoros. El prodigio de las lágrimas me levantó a aplaudir y todavía sigo llorando.

Que esto ocurra en Logroño solo una semana después de clausurarse un magnífico Festival de Teatro con funciones tan extraordinarias como la 'Jane Eyre' del Lliure, Carme Portacelli, Ariadna Gil, Abel Folk y compañía y 'Un enemigo del pueblo (Ágora)' de Kamikaze, Àlex Rigola, Israel Elejalde, Irene Escolar y más compañía, de las que ni siquiera hay tiempo ni espacio para escribir dignamente, solo puede significar que el festival aquí es el Bretón mismo. Qué suerte de teatro.

Así que nada de llantos. Como el poema de Ungaretti que recita Nicolás sabiéndose solo para el resto de su existencia: 'Pero no vivir de lamento como un jilguero cegado'.

Aunque haya de pasar otros mil años sin ella.

 

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