ÁLBUM

CARLOS SANTAMARÍA

Los veranos de la infancia eran de siestas fugaces en esas camas antiguas y protestonas de casa de los abuelos, porque en el frescor del portal aguardaban las bicicletas y, fuera, los amigos y la aventura. Corríamos por las calles empedradas de Briones con sudor de niños en la cara, parábamos en la tienda de Pili a comprar flashes y bolsas de arroz inflado y bajábamos a la piscina, o nos quedábamos en la piedra del parque a comer pipas. Eran veranos de campeonatos de fútbol, como aquel en el que llegamos a la final y nos robaron. Fue el año del balonazo a Edu en la cara. Las gafas volando como a cámara lenta y Eduardo derrumbado en el frontón. El balonazo lo dejó medio desmayado pero nosotros nos quedamos mirando sus gafas que habían caído lejos, casi en la banda, deslizándose por el suelo con un ruido metálico e interrogante. Eran veranos de mochilas y campamentos. En Villanúa me corté la mano con una navaja mientras preparaba una cuerda para colgar las toallas. Recuerdo el trocito de carne despegarse limpiamente, sin dolor, un hueco blanco y atocinado, redondo, hermoso a su manera. Y al instante la sangre. Me cubrieron la mano con una camiseta y me llevaron a Jaca para que me cosieran la herida.

Eran días en familia, de ruidosa tropa de primos correteando por la huerta de Burgos. Trepábamos al peral, nos asomábamos al pozo y tirábamos de la cuerda sólo para mirar el cubo en el que se refrescaban las botellas de vino y las gaseosas. Los veranos de la infancia eran interminables, con susurro de pinos movidos por el aire caliente en el sendero a la playa. Eran veranos de camping, tiempos de tienda de campaña donde dormíamos los cuatro escuchando los grillos y las tormentas, los truenos rabiosos, el murmullo de la lluvia derramándose con furia generosa. Después, la calma, y al despertar, desayuno de medias lunas de chocolate con el rumor cercano de olas de mar.

Un refrán judío dice que quien lleva consigo su infancia nunca envejece del todo. ¿Qué me queda hoy de todo aquello? ¿Qué tengo? Una cicatriz curiosa en la mano izquierda. Un álbum de recuerdos imborrables. El mejor regalo que pudieron legarme los míos. La mejor herencia.

 

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