El legado fotográfico de Leonor

La fotógrafa riojana Leonor  Martínez Baroja posa con  una de sus imágenes más  célebres, un muchacho junto  a una pintada en el barrio de  San Telmo de Buenos Aires  en los años 70. ::  NEWSPHOTOPRESS/
La fotógrafa riojana Leonor Martínez Baroja posa con una de sus imágenes más célebres, un muchacho junto a una pintada en el barrio de San Telmo de Buenos Aires en los años 70. :: NEWSPHOTOPRESS

A sus 90 años, la fotógrafa de Cenicero reclama que una «institución seria» se haga cargo de su obra

DIEGO MARÍN A.

Su historia la conoció un taxista madrileño y este la aconsejó a un periodista. En apenas un mes, su silencio se ha roto a gritos apareciendo en los principales medios de comunicación de España. Es más, su precaria situación personal ha interesado a los Servicios Sociales de Madrid que, con suerte, le facilitarán un lugar más adecuado para vivir que su casa alquilada en Cuatro Caminos, donde no cuenta ni con bidé ni con ducha. Tiene 90 años, una «artrosis grande» que le obliga a moverse «casi solo en silla de ruedas», una afección cardiaca, cáncer... y ha acumulado 40 años como fotógrafa en Buenos Aires.

Se hace llamar Leonor Martínez Baroja y nació en Cenicero en 1926, aunque emigró a Argentina en 1943. Regresó hace tres años para dejar aquí su legado, después de que este fuera rechazado por la Secretaría de Cultura de Argentina, y ha pasado por San Sebastián, Cenicero, Logroño y Madrid, donde se ha establecido definitivamente. Su vida parece una continua peregrinación, una huida rebelde en busca de la libertad. Y su infancia es una novela picaresca. Su padre, Manolo Baños Olavarrieta, emigró primero a París (o «se escapó después de hacer una fechoría») y dejó sola a su madre, Niceta Martínez Baroja, al cuidado de su hermana mayor Mariana, que hoy tendría 93 años, y de ella.

Leonor es prima del banderillero riojano Venancio Zubiaur 'Barquerito'. Su madre y hermana se reunieron después con su padre en Argentina, donde regentaba una «despensa de artículos españoles», pero acabó «yéndose a Uruguay perseguido por la Policía». «Mi madre era muy guapa y tenía muchos pretendientes», recuerda Leonor, aunque «trabajaba de sirvienta y no podía atender a sus dos hijas». El primer viaje de Leonor a Argentina fue con 3 años, pero volvió a los 6 al cargo de sus tíos. «Me hice una chica de la calle, hacía lo que hacían las chicas de la calle y cobraba muchas palizas», reconoce con una mezcla de amargura y resignación.

Ha llegado a afirmar que su único juguete fue un barrilete de hojalata. Escapó a Logroño, a Zaragoza, donde pasó «un hambre terrible», y un juez del Nuevo Régimen la obligó a volver a La Rioja, primero con las monjas campesinas del convento de las agustinas de Torrecilla en Cameros, que le enseñaron a cantar y bordar, y después en otro convento de Logroño. A los 16 años emigró definitivamente a Argentina, donde las máquinas de bordar le quitaron el trabajo manual. Su madre intentó buscarle labor de niñera pero se negó: «Yo soy artista», respondió. Recibió una severa paliza por la que tuvo que ser ingresada en el hospital, aunque finalmente trabajó como sirvienta cobrando 2,5 pesos diarios, «muy poco». Después fue empleada en una fábrica textil, de las primeras en hacer una huelga contra el peronismo y donde el polvo le dejó «sin voz».

Su vida, a temprana edad, ya conocía los peores sinsabores, pero ella encontró un salvoconducto: «El cine me apasionaba, eso me salvó». También que la «conectaron» con el fotógrafo ruso Anatole Saderman, a quien ayudó en principio a retocar diapositivas y después le prestó una máquina Reflex-Korelle, aunque ella, con sus primeros ahorros, a los 25 años, se compró a plazos una Rolleiflex (después, una Hasselblad). Durante diez años ejerció de ayudante de Saderman, «con quien aprendí a tomarme las cosas en serio y empecé a tomar conciencia de que quería ser otra cosa». «Sólo sabía leer. La lucha en la calle me cambió. Estudié cine, teatro. siempre de oyente. Y escribí dos obras de teatro», declara Leonor.

Sus primeras fotos fueron las de unos muchachos en un basurero. En 1955 ganó un premio de fotografía. El dramaturgo Ricardo Monti le insufló ánimos: «Dijo que tenía cosas que decir». Trabajó para el periódico cultural 'Propósitos' del escritor y periodista Leónidas Barletta «en pleno peronismo». Empezaba a volar sola y en libertad cuando viajó a Montevideo y se quedó embarazada a los 20 años. Se casó con Antonio Marsicano, comunista como ella, y tuvo dos hijas, Andrea, que tiene 70 años, y Marián, con cuatro nietos universitarios. En los 60, animada por sus hijas, cursó estudios de Primaria, «pero ya había leído los libros, lo hice por cumplir con ellas».

Leonor habla de su familia con distancia, casi a regañadientes. «Me costó mucho la libertad. He tenido muchos problemas con mi soledad y mis enfermedades, por eso quiero que mis cosas queden bien atendidas. Cada vez estoy peor de salud», confiesa con templanza. No obstante, también parece hablar a contrarreloj. Y admite: «Sigo siendo orgullosa». Enviudó hace 20 años y vive de la escasa pensión de su marido. «Me gustaría que una institución seria archivara mis fotos, que sirvan para hacer un libro, que se sepa que se hicieron esas imágenes, que se pueda hacer uso de ellas y sirvan a la gente de abajo, la que tiene necesidad de verdad», reclama.

«Manejo la sensibilidad»

Leonor desea que sus fotos, lo que se pueda obtener de ellas, sirvan para investigar las tumbas de los asesinados y para ayudar a los residentes en barrios como el Sur, donde considera que nació Buenos Aires. Ella fotografió las primeras casas de aquel arrabal. Entonces, profundizando en su obra, se describe como fotógrafa: «Manejo la sensibilidad. Incluso en los encargos trataba de encontrar el momento y disparar».

Le gustaba fijarse en las barriadas y sus grafiti, aunque quizá su labor más célebre fue la de retratista, como Saderman. «Retraté a todos los intelectuales de la época, menos a Borges. Ernesto Sábato vino a mi casa y me dijo que la mía era la mejor foto que le habían hecho», asegura. Al célebre autor de 'El túnel' lo fotografió junto al cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. También fotografió a su propio mentor, Anatole Saderman, a los pintores Carlos Alonso, Juan Carlos Castagnino y Raquel Forner, al escultor Antonio Pujia, a la bailarina María Fus. así como a políticos como el marxista Emilio Troisi. Acudía a sus lugares de trabajo, a sus talleres y estudios, y normalmente cobraba en especie, con una obra o algún otro detalle.

Además, estuvo presente en algunos de los acontecimientos históricos de Argentina, como la primera manifestación de las madres de la Plaza de Mayo. Asegura que se escondía la cámara dentro del poncho y los policías la colaban. Muchas de esas fotografías las hacía más por convicción o vocación que por trabajo. «No me interesa fotografiar hombres que no luchan, un hombre que ha bajado los brazos no me interesa», dijo en una entrevista.

Publicó un libro, 'Buenos Aires al Sur. Imágenes de San Telmo y más allá...' (1993), una colección de 27 imágenes de los 70, sobre todo centradas en barrios como el de San Telmo, y que se expusieron por última vez en la Fundación Tecnología y Humanismo en 1996. La publicación estaba acompañada de poemas de Raúl González Tuñón y textos de Camilo Sánchez. Antes había participado en otros volúmenes, como 'Forte. La alegría de pintar' (1979) de César Magrini, firmando como «Leonor Marsicano». Su primera exposición fue en la estación de Banfield, el barrio bonaerense donde vivió en familia, y la montó de forma casera su marido. José Ayma describe la obra de Leonor como «fotos cotidianas sin ornamentos, directas, sacadas con el corazón».

La fotógrafa riojana lanza un último aullido. La Casa de la Imagen parece haber valorado su obra, sin llegar a un acuerdo. Quizá el IER... Leonor espera, pero no tiene mucho tiempo.

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