«La escritura sólo puede ser una expresión de la individualidad, una mirada sobre el mundo»

Pablo Martínez Zarracina posa con su nuevo libro. :: L.R.
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Pablo Martínez Zarracina posa con su nuevo libro. :: L.R.

El ganador del VIII Premio Café Bretón presenta hoy a las 13 horas su nuevo libro 'Es muy raro todo esto', recopilación de sus columnas en 'El Correo'

DIEGO MARÍN A. LOGROÑO.

Con 'La fascinación de los extremos' ganó el VIII Premio Café Bretón de Logroño, a donde regresa hoy para presentar a las 13 horas su nuevo libro, 'Es muy raro todo esto' (Pepitas de Calabaza, 2015). Pablo Martínez Zarracina (Bilbao, 1974) ha ganado certámenes como el XIII Premio 'Cartas de amor y desamor' de Almuñécar y el IV Premio Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma y publicado libros como 'Resaca crónica' (2008), también en Pepitas. 'Es muy raro todo esto' reúne sus mejores columnas publicadas en la edición digital de 'El Correo'.

-¿Qué es raro, exactamente?

-Para ser exactos, le diré que todo. Ahora mismo estamos usted y yo aquí, de charleta, inmiscuyéndonos en la mañana de sábado de un montón de riojanos, que tampoco tienen culpa de nada.

-Afirma en el libro que se escribe con el carácter. ¿Qué quiere decir?

-Creo que la escritura sólo puede ser una expresión de la individualidad, una mirada propia sobre el mundo. Y creo que con frecuencia nos atribuimos méritos intelectuales que obedecen a imperativos biológicos. Se escribe como se es, en el mejor de los casos.

-¿Son estas columnas una vía de escape creativo ante la, quizá, tediosa actualidad informativa?

-No, no. La actualidad informativa no es tediosa. ¿No vio el otro día a Lluís Llach equivocándose al votar en el Parlament, con su gorrito?

-Dice que «los disparates favorecen la labor del columnista». ¿Puede recordar uno, en particular, que le haya empujado, favorecido, especialmente a escribir sobre él?

-Dejando a un lado a Lluís Llach, en el libro recuerdo a Azkuna recibiendo en el Ayuntamiento a un líder amazónico que apareció vistiendo apenas un tanga y una cantidad muy medida de plumas coloristas.

-La ironía campa a sus anchas en sus textos (y respuestas). ¿Es el recurso que más le gusta?

-No sabría decirle, pero ojalá que la ironía, además de un recurso, funcionase en mis textos como una forma de razonar.

-También se ríe e ironiza de sí mismo como escritor y columnista, ¿eso es humor verdadero, falsa modestia o vanidad encubierta?

-Se lo diré sin ironía: vanidad verdadera.

-¿Cómo ha sido la selección de estas columnas para alinearlas en el libro? ¿Ha dejado muchas fuera? ¿Por qué ha elegido estas?

-Hemos escogido las que nos parecían mejores, claro. Y hemos apartado algunas que no estaban mal, pero, por tratar asuntos del momento, podrían envejecer peor. Luego añadimos una que va sobre Javier Clemente, como es lógico.

-¿Ha supuesto algún cambio en el estilo o el enfoque sacarlas de Internet y traspasarlas al papel?

-No hay cambios, aunque hemos aprovechado el trasvase para poner alguna coma como dios manda. El departamento de corrección de Pepitas insistió por su parte en que «ornitorrinco» va sin hache. Ellos sabrán.

Columnas digitales

-¿Y no ha conseguido convencer a 'El Correo' de que publique sus columnas en la edición impresa?

-Fue el periódico el que pensó en hacer estos artículos como material exclusivo del digital. En cualquier caso, los lectores de 'El Correo' en papel sufren un artículo mío del género opinativo seis días a la semana. Es raro que no les hayan dado un premio internacional a la paciencia.

-Su tono recuerda al de otro escritor en las filas de la editorial riojana Pepitas de Calabaza, Manuel Jabois. ¿Lo considera así?

-No lo había pensado, pero no descarto que Pepitas de Calabaza se esté especializando en extraños autores septentrionales que aúnan un gran atractivo físico con cierta propensión a hacer chistes. Ahí está Simón Elías. Y cuando digo «ahí» quiero decir en lo alto de cualquier monte de ocho mil metros.

-Dedica una columna al famoso vecino del taladro. ¿Ha conseguido saber su identidad?

-Imagino que será alguien que trabaja para el Gobierno, tal vez para la Conferencia Episcopal. El vecino del taladro consigue que todos salgamos a la calle enfadados y tengamos opiniones punzantes y ruidosas sobre las cosas. Pero no me gusta exagerar: el vecino del taladro es la España negra.