«La jerarquía católica en España son funcionarios de Dios, parece una empresa»

Teólogo

DIEGO MARÍN A. LOGROÑO.

El prestigioso teólogo Juan José Tamayo acudió el pasado viernes al Ateneo Riojano para ejercer de presentador en la puesta de largo del libro 'Una voz disidente del nacionalcatolicismo: Fidel García Martínez, Obispo de Calahorra y La Calzada (1880-1973)' (Universidad de La Rioja, 2014), de la doctora en Historia Contemporánea y colaboradora de Diario LA RIOJA, María Antonia San Felipe Adán. Tamayo (Amusco -Palencia-, 1946), doctor en Teología y Filosofía, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, cofundador y secretario General de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y autor de libros como 'Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica', es también autor del prólogo del estudio de San Felipe.

-La primera pregunta es obligada: ¿qué le parece el trabajo publicado por María Antonia San Felipe?

-Es excelente. El libro corresponde a la calificación que le dimos el tribunal a su tesis doctoral: 'cum laude'. Es uno de los trabajos necesarios desde un punto de vista histórica. En realidad, es un libro de memoria histórica. Y es la memoria histórica de los vencidos, de los derrotados, humillados, silenciados... y tenían que hablar, que salir a la luz. La de Fidel García es una figura marginada durante el franquismo tanto por el poder político como por parte del poder religioso, excluida del ámbito de la toma de decisiones y, lo más preocupante, también ha habido un desinterés por parte de los historiadores. Por tanto, la rehabilitación de esta figura es una de las claves fundamentales del libro, al mismo tiempo que el reconocimiento de que durante algunos años del franquismo hubo, al menos, una voz crítica que se enfrentó al poder político y a su instrumento de partido único, la Falange.

-Entonces, ¿usted es partidario de rescatar esa memoria histórica?

-La memoria de los derrotados es el recuerdo de las víctimas, que creo que es la parte más importante del trabajo de María Antonia. Coincido con ella en que Fidel García es la figura más interesante del episcopado español de posguerra.

-¿Cómo conoció usted la figura del obispo Fidel García?

-Tenía un vago recuerdo... Yo estudié en el Seminario de Palencia y él fue magistral de la catedral, ganó unas oposiciones allí en 1910. Siempre oí un runrún silencioso -valga el oxímoron-, es decir, que se oía pero nunca se aclaraba qué conflicto tuvo. Luego leí algunas cosas pero de una manera muy tangencial. El estudio de María Antonia lo descubrí casualmente, durante unas jornadas de Filosofía que organizó Diego Bermejo en la Universidad de La Rioja. Entonces quise entrar en contacto con la autora y, desde ese momento, seguí toda su investigación.

-¿Cree que existen, o que son posibles actualmente, obispos como él?

-Ahora mismo, no. Intelectualmente, lo que predomina en el episcopado español es la mediocridad y don Fidel García fue un intelectual con una gran capacidad de análisis y de reflexión teológica, con un espíritu de estudio extraordinario. También por la adaptación al sistema, a los obispos lo único que les preocupa de la relación con el poder es conseguir el mayor número de privilegios y beneficios, sobre todo de carácter económico, educativo, fiscal, etc.

-Pero considera que serían necesarios, ¿no es cierto?

-Absolutamente, pero no existen. La jerarquía católica en España en los últimos treinta años son funcionarios de Dios, son gestores, administradores de una institución que más bien parece una empresa que un movimiento liberador al servicio del sector más marginado.

-¿Podría compararse a Fidel García con la «monja inquieta» sor Lucía Caram?

-Tengo alguna referencia de ella pero no puedo opinar porque no la conozco bien, la verdad.

-¿Por qué cuando aparece una voz crítica, tanto en política como en religión, es considerada tanto un héroe como un villano?

-En una etapa de pensamiento único, el pensamiento crítico siempre da miedo. La gente prefiere seguir la corriente del pensamiento oficial a tener opinión propia y voz crítica porque eso, en el fondo, genera una vida más tranquila y más cómoda. Pero yo creo que eso es un error porque si algo debe caracterizar el cristianismo es, precisamente, la capacidad de intranquilizar las conciencias, cuestionar el orden establecido y alterar las mentes instaladas.