50 años sin Gerardo Sacristán, un pintor clave

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El Museo prepara una exposición del artista riojano, uno de los más destacados de la primera mitad del siglo XX

DIEGO MARÍN A. LOGROÑO.

«Cuando murió, me dijo que tenía encargos para diez años», afirma Elina, hija del pintor Gerardo Sacristán (Logroño, 1907-Pamplona, 1964). Hoy se cumplen 50 años de su muerte, a los 57 años, según cree su hija, «enfermo por la toxicidad de las pinturas, porque acostumbraba a chupar los pinceles pequeños para limpiarlos». El Museo de La Rioja prepara una exposición retrospectiva de la obra de Sacristán, «uno de los grandes pintores de la primera mitad del siglo XX en La Rioja», afirma la directora, M.ª Teresa Sánchez. Elina va más allá, asegura que su padre es «el mejor pintor de La Rioja del siglo XX», y apoya su tesis con la opinión de la crítica, que lo valoró como «uno de los mejores retratistas del siglo XX».

Alumno de Maristas, se formó como pintor en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde fue discípulo de Romero de Torres y Zuloaga, y en París, donde coincidió con Dalí, «con quien no simpatizó a pesar de ser los dos únicos españoles de la escuela de pintura». Regresó a Logroño en 1931, expuso su obra por primera vez en el Círculo Logroñés y causó «verdadero revuelo» por sus desnudos.

Recién aprobada la cátedra de Dibujo en Madrid, estalló la Guerra Civil y se alistó en el frente republicano. Un militar le espetó allí: «Tú, con esas manos, no puedes ir al frente a que te maten»; y acabó de topógrafo en Arganda. De allí fue destinado al instituto de Caspe, «fue denunciado por comunista y antirreligioso» y le arrebataron la cátedra. Entonces se trasladó a pie hasta Valencia y volvió a Logroño escondido en un camión de mudanza.

En 1942 volvió a aprobar las oposiciones y fue destinado a Pamplona, su definitivo lugar de residencia. «Mi padre desapareció de Logroño bastante joven, pero volvía todos los veranos y en Navidad», dice su hija. Aquí, en la casa familiar, Sacristán contaba con un estudio en la buhardilla del número 9 de la calle Muro del Carmen. «Cuando murió saqué de allí 60 cuadros de todas las épocas, desde que tenía 16 años. Auténticas joyas», afirma Elina.

Pintaba a diario, de 9 a 13 horas, porque prefería la luz natural, y lo hacía por pasión. «Ser pintor en los años 40 era arriesgado, aunque era lo que le gustaba hacer, pero el instituto era lo que le daba de comer», reconoce Elina. Aún así, Sacristán vendía muchos cuadros que pintaba por encargo, sobre todo, para la burguesía de la Ribera navarra, La Rioja, el sur de Francia e, incluso, Cuba. «Partagás, el de los puros, venía a Pamplona todos los años y le compraba todo lo que había hecho libremente, lo que no era de encargo», recuerda Elina. «La burguesía tenía la ventaja de que pagaba, pero a veces tenía mal gusto y le encargaban a mi padre un modelo que le ponía de los nervios». Uno de los encargos que no pudo cumplir fue una imagen de San Juan Bosco que le solicitó el obispo de La Rioja.

La obra de Sacristán se encuentra desperdigada y es difícil establecer un catálogo de sus cuadros. De estilo figurativo, se caracteriza por «escenas muy sólidas», juzga la directora del Museo de La Rioja, «prescinde del fondo, de lo anecdótico». La próxima exposición, aprovechando la efeméride del 50 aniversario de la muerte de Sacristán, supondrá el regreso de su obra.

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