Alojarse en el corazón de Las Cañadas del Teide
A 2.152 metros de altitud y en pleno Parque Nacional del Teide, el Parador de Las Cañadas es un refugio de montaña rodeado de volcanes, senderos y uno de los cielos más limpios de Canarias. Desde aquí se puede caminar entre los Roques de García, contemplar las estrellas, ascender hacia la cumbre del pico más alto de España y descubrir una cocina que lleva al plato los sabores de la isla.
Reportaje fotográfico de Pablo García
La llegada por la Carretera de Las Cañadas del Teide, la TF-21, es la carta de presentación perfecta para el Parador del mismo nombre. Tanto si el viajero llega desde el norte como si procede del sur, la carretera se abre paso por la depresión de Las Cañadas hasta desembocar en una larga recta que desciende hacia el corazón de la caldera. A un lado se suceden las coladas de lava, los terrenos de piedra volcánica y las paredes ocres y rojizas de la antigua caldera. Al otro, se levantan el Teide, con sus 3.718 metros, y Pico Viejo, su ‘hermano menor’, otro gigante que alcanza los 3.135 metros de altitud. Los carteles anuncian ya la cercanía del Parador de Las Cañadas del Teide. Aun así, cuesta localizarlo a primera vista. El único alojamiento de todo el Parque Nacional parece esconderse en el paisaje: una construcción baja, de piedra y tonos terrosos.
Inaugurado en 1960, el Parador fue concebido como una casa de montaña. Javier Hernández, es recepcionista en el establecimiento y trabaja aquí desde 1996. Ya de pequeño venía con su padre a explorar el parque, que conoce a la perfección. También el Parador, donde, de chico, entraba para poder llamar a su casa. “En la recepción, que no estaba donde está ahora, nos ponían en línea con centralita para decirle a mi madre que estábamos bien”. Recuerda los muros gruesos, las ventanas pequeñas y las contraventanas de aquel edificio pensado para protegerse del viento, el frío y la nieve: el Parador está a 2.152 metros sobre el nivel del mar, como recuerda una placa del Instituto Geográfico Nacional fijada a la fachada del edificio, junto a la puerta principal.
Con los años se abrieron grandes ventanales que hoy permiten cenar en el restaurante Teide o tomar algo en el bar Tajinaste contemplando el volcán, que ocupa buena parte del horizonte al otro lado del cristal. Pero Javier tiene una recomendación para quien quiera disfrutar del espectáculo sin marcos. «Cuando me dicen que quieren ver desde su habitación el Teide, les recomiendo que lo vean desde la terraza del bar del Parador». Desde allí la perspectiva se abre también hacia los Roques de García, un conjunto de grandes formaciones rocosas modeladas por la erosión en el centro de Las Cañadas, entre las que destaca el célebre Roque Cinchado. Y permite seguir los cambios de luz de primera y última hora del día. «Al atardecer coge unos colores rojizos impresionantes», explica.
Y no es el Teide la única montaña que reclama la mirada en el entorno. Frente a él, al otro lado de Las Cañadas, se levanta el Alto de Guajara, uno de los perfiles más reconocibles del Parque Natural y protagonista de una vieja leyenda guanche que Javier suele contar a los huéspedes. La tradición habla de la princesa Guajara, que habría perdido a su amado durante la conquista de Tenerife por los castellanos y terminó arrojándose desde la montaña, “para evitar ser capturada y convertida en esclava, como ocurría entonces”. Según la leyenda, su sangre sería la responsable del tono rojizo que adquieren sus laderas cuando cae el sol.
Javier recuerda también que «arriba, en el Alto de Guajara, fue donde se hicieron las primeras observaciones astronómicas dentro del Parque Nacional del Teide». Se refiere a la expedición que el astrónomo escocés Charles Piazzi Smyth realizó a Tenerife en 1856. Instaló dos estaciones de observación en altura: una en Guajara, a unos 2.700 metros, y otra en Altavista, a unos 3.300. Sus trabajos demostraron las ventajas de situar los telescopios por encima de la capa de nubes, donde la menor interferencia de la atmósfera permitía obtener imágenes más nítidas de los astros. Aquella experiencia pionera contribuyó a señalar Canarias como un lugar privilegiado para la astronomía de alta montaña.
Más de siglo y medio después, el cielo sigue siendo uno de los motivos para dormir en el Parador de Las Cañadas del Teide. En 2015, el establecimiento se convirtió en el primer Parador Starlight de la red (después siguieron otros como El Hierro, Tordesillas, Gredos…) por su compromiso con la protección del cielo nocturno y el astroturismo. Según la Fundación Starlight, disfruta de más de 300 noches despejadas al año, favorecidas por la altitud y la escasa contaminación lumínica. Los viernes, explica el director del Parador, Carlos Miguel Méndez, los huéspedes pueden disfrutar de una actividad de observación del firmamento que dirige uno de los fundadores de la Fundación Starlight, que cuenta con el apoyo de UNESCO. “Llevamos ya 28 años haciendo estos encuentros, que gustan mucho”, recuerda el director del Parador.
El Teide quedó también ligado en 2011 a otro nombre histórico de la exploración espacial. La primera edición del festival Starmus, celebrada en Tenerife y La Palma, reunió a algunos de los grandes pioneros de la carrera espacial: Neil Armstrong, primer hombre en pisar la Luna con el Apolo 11, Alexéi Leonov, primer ser humano en realizar un paseo espacial o Bill Anders, tripulante del Apolo 8, la primera misión tripulada que orbitó la Luna. El programa incluyó también una observación de estrellas a más de 2.000 metros de altitud, en el Parque Nacional de Las Cañadas del Teide. Armstrong, que por entonces apenas participaba ya en actos públicos, dejó durante aquellos días una frase que resumía bien su relación con el espacio: «Sé que la Luna está esperando por nosotros».
La altitud es también uno de los atractivos del Parador para el deporte profesional. A más de 2.000 metros, la menor disponibilidad de oxígeno obliga al organismo a adaptarse al esfuerzo y favorece el aumento de glóbulos rojos, una de las razones por las que el Teide se ha convertido en un lugar habitual de entrenamiento para ciclistas de élite. Lance Armstrong contribuyó a popularizar las concentraciones en altura y la preparación específica en grandes puertos, y con el tiempo el volcán tinerfeño se consolidó como uno de los destinos preferidos del pelotón internacional. Por aquí han pasado Alberto Contador, Chris Froome, Bradley Wiggins, Richie Porte, Jakob Fuglsang o Michal Kwiatkowski, entre otros. «De enero a junio tenemos principalmente deportistas, ciclistas de élite y equipos completos que vienen a hacer sus stages de preparación para la temporada», explica Carlos Miguel Méndez.
Carlos continúa relatando más peculiaridades ligadas a un establecimiento de estas características, situado en altura y en medio de un Parque Nacional. «Tenemos una salida natural de agua en la parte de atrás, de la que nos abastecemos, y también generamos nuestra propia electricidad. Aquí no llega la red eléctrica. Esto también es lo que nos hace especiales». Pero esa ubicación tiene otra consecuencia más visible: el paisaje que rodea al Parador cambia mucho a lo largo del año. En primavera, las retamas y los tajinastes rompen la aridez habitual de Las Cañadas; estos últimos levantan sus grandes espigas cubiertas de flores rojas, mientras que el resto del año permanecen sobre el terreno sus estructuras secas que superan el metro de altura.
Uno de los lugares donde mejor se aprecia ese contraste entre la dureza del entorno y el refugio que ofrece el Parador es la piscina climatizada, rodeada de grandes cristaleras y con el Teide al fondo. Tina Machado, gobernanta que lleva 29 años trabajando en el establecimiento, la define como «un sitio emblemático», precisamente por esa imagen del bañista con el volcán detrás. Javier Hernández recomienda disfrutarla sobre todo en invierno: «Cuando nieva es un espectáculo: la nieve fuera, el Teide todo nevado y tú en la piscina climatizada a 27 o 28 grados». Insuperable.
Las recomendaciones de los que más saben...
CAMARERA
Noemi Basalo
Trabajadora en el Parador de Las Cañadas
RECEPCIONISTA
Javier Hernández
Trabajador en el Parador de Las Cañadas
GOBERNANTA
Tina Machado
Trabajadora en el Parador de Las Cañadas
Ese paisaje volcánico llegó a sorprender incluso a Cristóbal Colón. La noche del 24 de agosto de 1492, durante su primer viaje hacia América, navegaba entre La Gomera y Gran Canaria cuando su tripulación contempló «grandísimas llamaradas» en las montañas de Tenerife. Según el relato posterior de su hijo Hernando Colón, el almirante intentó tranquilizar a sus hombres comparando el fenómeno con las erupciones del Etna. Durante siglos se creyó que aquel fuego procedía del Teide, pero un estudio geológico firmado por investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y el CSIC descartó esa posibilidad. La cartografía y las dataciones por radiocarbono señalaron como origen de la erupción el volcán de Boca Cangrejo, en la dorsal noroeste de Tenerife, cuya edad encaja con el episodio descrito por Colón.
Caminar entre volcanes
Desde el Parador se puede salir prácticamente a pie a descubrir algunos de los paisajes más característicos del Teide. Una de las opciones más sencillas es el sendero circular de los Roques de García, que comienza en el mirador de La Ruleta, a pocos metros del establecimiento. Son 3,6 kilómetros que se recorren en alrededor de hora y media entre grandes formaciones rocosas y antiguas coladas de lava, con el Teide y Pico Viejo siempre presentes. Por el camino aparecen lugares como La Catedral, el Roque Blanco o el célebre Roque Cinchado, cuya silueta llegó a figurar en los antiguos billetes de mil pesetas.
La ruta permite comprobar también cómo la vegetación ha ido colonizando un terreno inhóspito. Retamas, codesos y alhelíes del Teide crecen entre la piedra volcánica y, en primavera, se suman los tajinastes rojos, que llenan de flores sus altas espigas. El recorrido es circular y relativamente suave, aunque tiene algún tramo de subida en su parte final y conviene recordar que se camina por encima de los 2.000 metros.
Para contemplar el parque desde mucho más arriba, la estación base del Teleférico del Teide se encuentra a poca distancia por carretera. Parte de los 2.356 metros y salva casi 1.200 metros de desnivel en unos ocho minutos hasta llegar a La Rambleta, a 3.555 metros. Desde allí parten diferentes senderos y miradores, entre ellos los que permiten contemplar Pico Viejo y La Fortaleza. Llegar hasta la cumbre del Teide, a 3.718 metros, requiere un permiso específico, y el acceso a los senderos puede variar según las condiciones meteorológicas. Desde el propio Parador pueden facilitar toda la información a los huéspedes. Y, anexo al edificio, se encuentra el Centro de Visitantes de Cañada Blanca, con mapas y personal para atender dudas. Tiene también un museo con información sobre el Parque Natural, perfecto para comprender su trascendencia antropológica, científica y geológica.
Del Teide al mar
Una de las ventajas de alojarse en Las Cañadas es que el descenso desde la alta montaña permite descubrir en pocos kilómetros paisajes completamente distintos. Hacia el norte, la carretera atraviesa los pinares y baja por el valle de La Orotava hasta su casco histórico, antes de alcanzar Puerto de la Cruz y el Atlántico. Allí pasó una temporada Agatha Christie en 1927, alojada en el antiguo Hotel Taoro. La ciudad recuerda todavía aquella visita en lugares como la escalinata de San Amaro, cuyos peldaños llevan títulos de sus novelas.
Hacia el sur, la TF-21 conduce hasta Vilaflor, uno de los pueblos situados a mayor altitud de España, atravesando otra de las grandes carreteras panorámicas de Tenerife. Desde allí se puede continuar hacia las playas del sur o buscar la costa occidental y los espectaculares acantilados de Los Gigantes, que caen casi verticalmente sobre el océano.
También merece la pena recorrer la isla sin prisa. Desde el Parador se puede enlazar con carreteras que atraviesan bosques de pino canario, miradores sobre el mar de nubes y pueblos históricos como La Orotava o San Cristóbal de La Laguna. En Tenerife las distancias no son enormes, pero los cambios de paisaje sí: en una misma jornada es posible desayunar a más de 2.000 metros, caminar entre volcanes y terminar la tarde junto al mar.
Hoy comemos…
La cocina del Parador mira a Canarias sin renunciar a actualizar algunas recetas. “Antes, cuando yo empecé, era mucho más tradicional. Ahora sigue siendo tradicional, pero le hemos dado otra vuelta”, explica Fernando Simón Rodríguez, jefe de cocina. Hay platos, sin embargo, que apenas se tocan: el conejo al salmorejo o los guisos de cabra mantienen las recetas de siempre. “La cocina canaria es muy sabrosa, muy aliñada. Las carnes y los guisos son muy especiados”, resume.
La carta permite recorrer buena parte de esos sabores tradicionales: papas arrugadas con mojo, queso canario, pescados como el cherne (o mero de roca) o el medregal (conocido también como pez limón), cabrito asado o guiso de cabra. Junto a ellos aparecen propuestas más contemporáneas, como la sopa fría de mango con salmón ahumado. Simón la prepara como una especie de gazpacho sin tomate, con pepino, salmón y una espuma de aguacate canario. Para el cabrito, en cambio, elige una cocción larga: la pierna se adoba con orégano, tomillo, pimentón y un toque de miel, pasa unas doce horas a baja temperatura y termina en el horno para que quede crujiente.
Hasta la altitud interviene en la cocina. A más de 2.000 metros, explica el chef, las cocciones son más lentas y se nota especialmente al preparar legumbres. Y para terminar, un homenaje al paisaje con Pico Viejo, un coulant de almendra que se hornea al momento: al romperlo, el interior líquido cae como la lava de un pequeño volcán.


Dani Mendez




















