Santo Domingo y su hombre-araña

Torre y pararrayos. :: /Javier Albo
Torre y pararrayos. :: / Javier Albo

La catedral contrató hace cien años al 'escalatorres' José Puertollano para que colocara un pararrayos en la torre exenta

Javier Albo
JAVIER ALBOSanto Domingo

Miren a la torre exenta de Santo Domingo de la Calzada y pregúntense si alguien, alguna vez, ha podido encaramarse hasta su punta, con la única ayuda de sus brazos y piernas... La respuesta es sí. José Puertollano se llamaba y fue uno de los más famosos 'escalatorres' que este país ha tenido. Lo hizo, hace un siglo, para instalar el pararrayos y ejecutar algunos arreglos, para lo cual ataba una cuerda a donde podía y faenaba.

El granadino procedía de una familia de acróbatas y, además de en el circo, su habilidad le permitió ganarse la vida haciendo trabajos y 'chapucillas' aquí y allá, por numerosos templos y edificios de España. Dicen que un día confesó que el único miedo que tenía era el de pasar hambre.

Con él no se necesitaba andamiaje, por lo que para trabajos de no demasiada envergadura salía muy económico. Así que, cuando en el verano del año 1919 se ofreció a la catedral calceatense, esta tomó buena nota y también sus señas, «por si en su día conviniera utilizar sus servicios». Es lo que consta en el libro de actas del cabildo, en el que Puertollano vuelve a aparecer tan solo cinco meses después, en este caso con una propuesta para la instalación del pararrayos en la torre exenta, por 600 pesetas, «si no excede -matizaba- de 390 pesetas el precio de los materiales». El cabildo aceptó en principio la idea, pero, además de exigir al escalador que concretara el precio de los materiales y que estos fueran «de la mejor calidad», decidió informarse en Santiago de Compostela de su competencia para estos trabajos.

El Ayuntamiento pagó la mitad al ser una instalación «altamente beneficiosa para toda la ciudad»

En la localidad gallega seguro que le hablaron bien de su profesionalidad. A lo mejor, no tanto del episodio que protagonizó en 1909, cuando se subió a la punta del pararrayos que corona la Torre del Reloj, a 85 metros de altura. El cabildo se lo había prohibido, pero trepó de madrugada y tras atarse a él y dormir a pierna suelta recibió la visita de Alfonso XIII a la ciudad con toda clase de cabriolas y ejercicios gimnásticos. Cuando bajó, entregó al rey un escrito en el que le solicitaba su autorización para escalar todas las torres de España. Cuentan las crónicas que al monarca le hizo mucha gracia. Lo que sí es cierto es que Puertollano subió, si no todas, sí todas las torres que pudo.

Volviendo al cabildo de Santo Domingo, este también acordó que «tratándose de una instalación altamente beneficiosa para toda la ciudad», el Ayuntamiento sufragara la mitad del coste de la obra, a lo que este se mostró conforme. Todo ello daría lugar a una reunión posterior, a la que además de representantes de ambas instituciones asistió el oficial de Telégrafos como técnico y el propio Puertollano, para tratar sobre la ejecución del proyecto. «Todos convinieron que tanto el conductor como la plancha sean de cobre», se lee en el acta del 22 de enero, en la que también anticipaban que «parece que costará la instalación unas 1.000 pesetas».

Al pararrayos se sumaron otras obras en la torre, «aprovechando la habilidad del Sr. Puertollano, que no necesita de andamiaje». Su colocación debió tener lugar en algún momento de la primavera de ese año 1920. No se detalla cómo pero seguro que causó gran expectación ver a aquel hombre-araña a 70 metros de altura. Al final, cobró 1.143 pesetas. Y es que en esta historia, todo sube...