Las Vueltas culminan en la plaza de la Paz una jornada intensa y tradicional

El Regidor Síndico ondea el pendón de la ciudad. :: j.l./
El Regidor Síndico ondea el pendón de la ciudad. :: j.l.

Con el Regidor Síndico portando el pendón de la ciudad, autoridades, peñistas y participantes invadieron de alegría el corazón jarrero

J. L. HARO.

La Batalla necesita relato. Como las huestes, derrotadas o no, regresaban a su hogar con la ropa hecha jirones, las armaduras magulladas y los tambores marcando el ritmo de la marcha mientras cuentan lo ocurrido a los que esperaban su vuelta, los participantes de la afrenta jarrera de ayer no podían esperar más para bajar de los Riscos de Bilibio, tomar la plaza de la Paz y contarle a todo el mundo a banderazo limpio, bueno, no tan limpio, lo que ha sucedido un año más alrededor de la ermita de San Felices.

Una vez almorzado, el regimiento de esta edición de la Batalla fue descendiendo poco a poco hacia el borde del puente sobre el río Tirón. Autobuses, coches particulares, tractores o incluso el tradicional tren de San Fernando sirvieron para trasladar a la multitud.

La hora límite eran los minutos anteriores al mediodía. Los participantes esperaban a las autoridades en las orillas del puente, en las riberas del barrio de la Estación o en los bordillos cercanos al camping.

Porque la consigna es clara: Nadie puede subir a la plaza antes que las autoridades municipales, lideradas durante estas fiestas por el Regidor Síndico.

Jesús Luzuriaga llegó con el ímpetu del que ha hecho gala durante todo el periodo festivo. Sabe que tiene que marcar el ritmo y no lo ha dejado de hacer nunca. Y ayer, tras la batalla, lo volvió a hacer.

Su pulso con la bandera, que ondeaba cada cierto tiempo, iba guiando a unos romeros que querían compartir cuanto antes lo que había pasado en el campo de batalla escasas horas antes.

Recuerdos musicales

Otro de los acicates para coronar la plaza con ganas es la música. Las charangas daban la nota de la mejor manera que saben: tocan las canciones que van directas a los recuerdos.

Curiosa es la conexión, por ejemplo, que existe entre la canción de las Vueltas que todo jarrero se sabe de memoria con otras tradiciones similares como la también emocionante y popular bajada de la Virgen de la Guía en Portugalete. En este caso no es vino sino agua lo que reclaman los vecinos, los jóvenes que suben por las angostas calles de la villa jarrillera. Reflejos de una misma emoción. Relatos de un mismo desfile.

El punto álgido de las Vueltas jarreras es la mezcla entre los soldados teñidos de rosa con los vecinos que quieren sentir parte de ese fragor festivo que aún llevan consigo. Las peñas se gustaron y después de una gran vuelta pusieron rumbo a la plaza de toros, donde esperaba un puñado de reses bravas para seguir la diversión.

Así, la ciudad entera pudo saber lo que los romeros de la Batalla pudieron sentir a lo largo de unas horas de guerra a puro vino sobre los Riscos de Bilibio.

El relato de la contienda estaba terminado tras el paso de la última charanga por la última baldosa de la plaza de la Paz.

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