Sucedáneo triste de toros hueros

Una débil y mal presentada novillada de Casasola arruinó la cuarta tarde de feria

PABLO GARCÍA MANCHA ARNEDO.

Seis ruinas que nos hicieron pasar por novillos bravos. Así fueron los astados de 'Casasola' que se lidiaron en la cuarta del Zapato de Oro. El primero se llamaba 'Resistente' y a la tercera carrerita por el ruedo ya estaba desplomándose como un certero presagio de lo que iba a deparar una tarde confiscada al público por la incapacidad de los toros para embestir con la más mínima sensación de riesgo. Les sobraba calidad y clase, pero estaban tan capitidisminuidos que parecían seres exánimes, debilitados, sin aliento y hasta desmayados. Bautizaron al devuelto como 'Resistente', quizás como cruel homenaje al aguante de una afición arnedana que esperó hasta el sexto algún milagro imposible. Pero no. Jiménez corrió turno y se reservó para su segunda comparencia el sobrero de José Escolar, que ya barruntaba que iba a ser un trago amargo en toda su dimensión. Apenas pudo hacer nada con el novillete con aires 'juampredrianos' que lidió en primer lugar; un ejemplar sin apenas gas que se apagó a las primeras de cambio. 'Manchero' era otra cosa, con su perfil de Albaserrada, ese cuello degollado y dos pitoncitos por delante. Le dio duro en el caballo a ver si descolgaba y se perfiló por el pitón derecho. Lo desarboló por completo y sonó la música. Uno no sabe si por venganza o desconocimiento, pero por allí andaba Ángel Jiménez pasándose al toro como podía y el tatachín de la banda a toda pastilla. Se echó la muleta a la mano izquierda y descubrió que por allí habitaba una embestida. Dos series le costó coger el aire al novillo y cuando pareció que lo había conseguido, 'Manchero' echó la persiana. Dos silencios como dos soles para el torero.

Otro cuatro sonidos vacíos obtuvieron David Salvador y Fernando Plaza. El primero se presentó con un novillo estrecho, huesudo y débil. Lo sostuvo en pie con las muñecas y se adivinaba un buen trazo en su toreo, pero era tan escasa la entidad del utrero que Arnedo lo vio en silencio primero y se desentendió después de lo que acontecía en el ruedo. El quinto fue el mejor del envío. No tenía ritmo, pero embestía con todo, que aunque no era mucho parecía algo en comparación con sus hermanos. Humillaba y se iba lejos a pesar de que no repetía. Lo entendió bien, pero como pinchó la cosa se quedó de nuevo en el vacío. Fernando Plaza dejó sentado su gusto con el tercero, de embestida conventual y sin el más mínimo relieve. Y en el sexto se empeñó en un imposible: dar importancia a una faena ante un sucedáneo que además de parecer un eralote adelantado, se dio tres volatines que menguaron todavía más su escaso vigor. Se dejó hasta coger, se puso de rodillas y la gente le pitó porque era tarde y hacía tanto frío en la plaza como aburrimiento desprendía lo que acontecía en el ruedo. ¡Hoy será!

 

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