Oda a la bravura de 'Cencerrito'

El cuarto de la tarde, 'Cencerrito', en la muleta de Rafael González./Justo Rodriguez
El cuarto de la tarde, 'Cencerrito', en la muleta de Rafael González. / Justo Rodriguez

Un excelente ejemplar de Cebada Gago fue lo más destacado de la cuarta de feria | Rafael González sale por la puerta grande tras cortar dos orejas (una y una), Ignacio Olmos deja detalles de su entrega y Antonio Grande naufraga

Pablo García Mancha
PABLO GARCÍA MANCHALogroño

Cencerrito fue una pintura. Cárdeno claro, casi franciscano –así se denomina este curioso e inusual pelaje en los manuales clásicos en referencia al color del hábito de esta congregación–, con el hocico chato y reunido, las tablas del cuello moteadas en negro, pelín calzado, ojitos achinados y muy oscuros que destacaban en el fondo gris clarito de la cara y sus pitones blancos, levemente acodados y astifinos, que se cernían hacia arriba cerrando el círculo de la belleza de un toro ejemplar, de hechuras perfectas y espectaculares, con manos cortas, el cuello largo y de una finura en conjunto que más bien parecía un óleo que dirimía su belleza por el ruedo del Arnedo Arena. Cencerrito, además, era bajito y altivo y peleó con inusitada bravura en el peto de Rubén Sánchez, donde los aficionados más conspicuos aquilatan la hondura de la entrega. Ya había embestido de lujo y con codicia a la verónica de Rafael González y no paró de comerse la muleta de principio a fin de su lidia. Un toro ejemplar, una maravilla que llegó desde Medina Sidonia hasta la ribera del Cidacos y que desgraciadamente se fue sin torear. Le cortaron una oreja, pero su bravura quedó en el limbo.

4ª feria del zapato de oro

Novillos
de Cebada Gago, desiguales pero bajos y de buenas hechuras. Todos astifinos y armados con verdaderos puñales. Corrida correosa, encastada y toreable. Destacó el cuarto, Cencerrito, nº 11, cárdeno claro, nacido en diciembre de 2015, que fue premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. (1°, noble sin humillar; 2°, encastado; 3°, manejable; 4°, extraordinario; 5°, rocoso y 6°, deslucido).
Rafael González:
oreja y oreja tras aviso.
Ignacio Olmos:
saludos y vuelta al ruedo.
Antonio Grande:
silencio y silencio.
Plaza de toros
Arnedo Arena. Algo menos de media plaza.

Y es que el madrileño Rafael González le recetó una de esas faenas consabidas del toreo contemporáneo; una faena, además, sin demasiado orden ni concierto en la que no existió ni un planteamiento ni una estructura lógica para enumerar las secuencias de la obra ni en terrenos ni en distancias. Rafael amontonó los muletazos, con ambas manos, especialmente con la derecha, en una sucesión de series dictadas de perfil y con la bamba de la muleta estirada como un contorsionista. No fue fácil Cencerrito porque exigía colocación, irse un poquito al pitón contrario y quedarse en el sitio para ligar los lances con emoción. González terminó con muletazos cambiando la pañosa de mano en todo de 'luquesinas' o algo así, pero la verdad es que la faena no estuvo a la altura ni de lejos de lo que mereció el animal.

Ignacio Olmos, en redondo, con el segundo de la corrida.
Ignacio Olmos, en redondo, con el segundo de la corrida. / Justo Rodriguez

El novillero sumó un trofeo y abrió la puerta grande con la oreja del primero. Nunca menos dio para tanto. Eso sí, el novillo bravo fue premiado con el honor de la vuelta al ruedo. Algo es algo.

Antonio Grande, en el inicio de faena al tercero.
Antonio Grande, en el inicio de faena al tercero. / Justo Rodriguez

El novillero que demostró más calidad fue Ignacio Olmos, que estuvo absolutamente honrado toda la tarde con un lote exigente, especialmente el quinto de la tarde, un novillo rocoso, que no regalaba nada y que se metía siempre por el pitón izquierdo. Ya había anunciado sus argumentos con el segundo, un toro que tenía buen inicio de embestida, que repetía incasable pero que careció de finales. Dos novillos de los que piden el carnet y a los que Olmos trato con absoluta lealtad. La vuelta al ruedo que dio se quedó más bien corta para sus merecimientos. Antonio Grande fue silenciado en sus actuaciones y con razón. Con Bético, que parecía un Torrestrella de Don Álvaro Domecq, lo hizo todo al revés y con el sexto pasó un calvario.

La tarde se resumió en la bravura de Cencerrito, un toro que merecía una oda a su brava belleza.