'Paquita Salas': Los Javis apuntan al corazón

Paquita Salas (Brays Efe) y Magüi (Belén Cuesta) en 'Paquita Salas'./
Paquita Salas (Brays Efe) y Magüi (Belén Cuesta) en 'Paquita Salas'.

La apabullante tercera temporada de la serie estrenada en Netflix va mucho más allá de la sátira sobre el 'show business' patrio y pide a gritos que sus directores acometan proyectos más ambiciosos

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Al final del primer capítulo de la nueva temporada de 'Paquita Salas', la protagonista regresa a casa después de una noche de fiesta salvaje paseando por la Gran Vía al amanecer. Inmediatamente viene a la cabeza Audrey Hepburn deteniéndose ante el escaparate de Tiffanys para soñar un poco antes de irse a dormir. Paquita Salas sería más de meterse al Primark, pero su escena atravesando derrotada pero digna Callao rezuma la misma melancolía que el arranque de 'Desayuno con diamantes'.

El sexto y último episodio de esta tercera temporada estrenada en Netflix culmina en otra cinematográfica calle madrileña, Fuencarral, otrora el Broadway madrileño, que ve cómo sus salas cierran una tras otra para abrir sucursales del imperio Inditex. No es gratuito que Paquita y Magüi pasen delante de los clausurados cines Roxy tras asistir a una noche de estreno en el Proyecciones, uno de esos eventos con alfombra roja y photocall, que han sido tantas veces objeto de sátira en la serie de Los Javis. Personajes y directores han crecido tanto que ya hasta cabe la nostalgia.

De todos los negociados con el que este periodista ha tratado en veinticinco años de información cinematográfica, el más antipático por mucho es el de los representantes, especialmente ásperos con la Prensa. Toda la tontería y el divismo del precario 'show business' patrio se encarna en la figura de los agentes, que dependen del éxito de sus representados. Paquita Salas vivió su momento de gloria en los 90, pero en estos tiempos donde los castings los decide el número de followers se siente perdida.

Colgar en Instagram la foto de los callos que se zampa resume muy bien la mirada irónica de los directores a la realidad de unas redes sociales que, paradójicamente, les han aupado a la condición de icono y faro de los milenials. Hay mucho amor por los perdedores que pululan en una serie cuya estructura argumental ya es tan libre que en el tercer episodio ni siquiera aparece su protagonista.

De vez en cuando los personajes siguen hablando a cámara y se rotula su nombre, como si viéramos un falso documental. Los tropos metalingüísticos resueltos con ingenio van acompañados de un reparto en estado de gracia, donde hasta el último cameo –debe haber lista de espera para salir– cuenta con una línea de diálogo ocurrente. Actores que están mal en sus películas lo bordan en 'Paquita Salas', que sigue guiñando el ojo a la generación que creció ante el televisor devorando 'Médico de familia' y 'Al salir de clase'. Qué sano es que una profesión se ría de sí misma.

Muchas risas en 'Paquita Salas', sí, y shows a cargo de bestias pardas como Yolanda Ramos, con barra libre para desbarrar. Pero tras el fogonazo de humor petardo, tras los créditos con canción de la Pantoja, la gozosa grosería del videoclip de Belinda Washington o la aparición de Terelu Campos riéndose de sí misma, la sonrisa se quiebra cuando Los Javis pellizcan el corazón con una reformulación de la dramaturgia de Almodóvar –el capítulo 'Bailes regionales'– o con una inteligentísima lectura de guion o 'pitch' a cargo de Anna Castillo que sacará los colores a los productores machistas.

De Loquillo a Camela, de La Bien Querida a C. Tangana, el sabio oído musical de los directores logra que siempre elijan la canción justa, aunque a veces abusen del 'momento videoclip' en busca de la emoción. Tiene mucho mérito que una serie protagonizada por un hombre haciendo de señora haya traspasado la categoría de farsa sobre los sueños de triunfo de los propios Javis y se adentre en territorios adultos. 'Paquita Salas' pide a gritos más series y películas de sus autores, que logran algo tan difícil como conectar con el moderno de Malasaña y con la vecina maruja de Aluche. Porque una caja de Campurrianas puede contar más de nosotros que dos páginas de diálogos.

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