Gran Vía, cosmopolita y canalla

La calle más emblemática de Madrid cumple un siglo como escaparate de la transformación socioeconómica de todo un país

ARANTZA PRÁDANOS

La fotogenia es algo inexplicable, arbitrario. Se tiene o no se tiene y, en tal caso, poco se puede hacer. Hay personas guapas y otras que, sin serlo, engatusan a la cámara. Ocurre también con el paisaje y el urbanismo. Están los Campos Elíseos, majestuosos, y está la Gran Vía de Madrid, sin tantos humos pero dueña de una fotogenia de cinco estrellas. La calle más emblemática del foro tiene un posado postinero y garboso, en el blanco y negro de sus orígenes y en el multicolor rabioso de ahora. Chulapa incluso en sus momentos más decrépitos, cosmopolita y canalla, la vieja dama cumple cien años.

En los primeros días del 2010 la Gran Vía recibe la efeméride aterida de frío, hasta arriba de gente y de carteles de rebajas. Como siempre, un puro trasiego comercial. Así nació y así sigue. «La Gran Vía se concibió como un eje de modernidad funcional para el Madrid de la época, un enlace entre el este y el oeste, pero en la práctica se convirtió desde el principio en una calle 'escaparate', la mejor, en la que querían estar los mejores comercios con sus mejores galas», recuerda Bernardo Ynzenga, arquitecto y urbanista madrileño. Ya no. Los establecimientos singulares han cerrado. El planeta franquicia se impone y cadenas de ropa, de café, de comida rápida colonizan sus aceras. Las salas de cine majestuosas se extinguen como saurios del Jurásico. De las carteleras pintadas a mano, de las terrazas, no queda ni rastro. El signo de los tiempos, dicen.

La Gran Vía, no obstante, es maestra en el arte de sobrevivir. En sus muchas vidas ha visto de todo y se ha adaptado a todo. Su gestación fue un largo empeño lleno de trabas legales, políticas y urbanísticas muy anteriores al primer martillazo. Ya en 1886 la zarzuela 'Gran Vía' plasmó el revuelo social suscitado por los planes oficiales.

«Porque es el caso, que según dice / doña Municipalidad / va a dar a luz una Gran Vía / que de fijo no ha tenido igual / cuando yo lo escuché / asombrada me quedé / todo aquél que lo oyó / asombrado se quedó...» cantaban a coro las calles de la Sartén, del Pez, de Válgame Dios, de la Paloma... rúes castizas y sinuosas del viejo centro capitalino.

Edad de oro

El nuevo trazado quería quitarle a Madrid complejos de 'villorrio venido a más' y darle, por fin, credenciales como capital de primera. La Gran Vía iba a ser su estandarte. Una avenida que se miró primero en el espejo de París y, más aún, de Nueva York, antes de asumir su casticismo ilustrado, su absoluta 'madrileñidad', sea eso lo que sea.

«Es una calle muy especial. En su momento la Gran Vía tuvo el mejor comercio de Madrid, joyerías, tiendas de moda de altísimo nivel, los clubes y bares de moda, Pasapoga, por supuesto Chicote, a donde iba la gente más refinada a ver y a que la vieran. En los años 50, la época más esplendorosa, te podías encontrar a Ava Gardner, que estaba todo el día allí. Era también la calle de los cines, de los estrenos, cuando la Gran Vía era el punto de mayor concentración de salas de Europa. Había quince cines espectaculares en el tramo entre Red de San Luis y un poco más abajo de Callao, el llamado 'Broadway' madrileño», relata Rafael Zarza, autor de , un documental emitido en 2007 por Telemadrid. «En esa calle ha ocurrido de todo», resume. Bueno, malo y peor. La Guerra Civil la alcanzó de lleno. El frente estaba a tiro de artillería y el pueblo rebautizó la calle como Avenida 'del quince y medio', por el calibre de los proyectiles que las tropas franquistas lanzaban contra Telefónica. Desde Unión Radio, hoy cadena SER, la Pasionaria gritó '¡No pasarán!', y el Hotel Florida y los garitos de la Gran Vía fungieron como cuartel general de la prensa extranjera. Dos Passos, Hemingway, Malraux, Saint Exupéry y otros corresponsales ilustres firmaron aquí crónicas inmortales de la contienda española.

Los vencedores la llamaron Avenida de José Antonio -previo a la guerra había sido la Avenida de Rusia, de la Unión Soviética, de la CNT, de México, y antes aún llevó el nombre de próceres decimonónicos-, pero ni el fragor bélico ni la dictadura anularon su mejor sello distintivo. Ese toque escénico que tan bien captó Ramón Gómez de la Serna. «Fue el primero que dijo que la Gran Vía arquitectónicamente era un gran decorado, dos telones, uno a cada lado, detrás de los cuales no sigue esa urbanización moderna», subraya Zarza.

Un escaparate idóneo en sucesivas décadas para los desfiles del régimen, paseíllos de toreros triunfadores y exhibiciones de la farándula. Para visitas fugaces como la de Eisenhower o la del Che Guevara, ambas en 1959. O para las farras salvajes de la movida. Fue en los 80, por cierto, cuando el alcalde Tierno Galván acabó con el baile de nombres de la calle. Gran Vía, y punto.

Fauna variopinta

Hoy como ayer, el gran proscenio de Madrid cuenta con un número infinito de figurantes. «Todos los tipos sociales, todos los perfiles, los más variopintos, están aquí», corrobora Ana Borderas. Periodista de la SER (Gran Vía, 32), ella misma integra la fauna 'granviaria' desde hace casi dos décadas. En ese tiempo ha visto a la Gran Vía morirse y resucitar cada jornada, vibrante de día, insomne de noche. Los reporteros de la cadena no necesitan ir más allá para tomarle el pulso a la ciudad. Abunda la gente pintoresca. Los gemelos José y Emilio Alcázar, 'heavies' cuarentones, recalan a diario frente al histórico Madrid Rock, hoy cadena de ropa 'teen', con su filosofía libertaria. Tratan de «recuperar el espíritu de la calle», que antes era «más barrio», lamentan.

Aquí hasta los mendigos gastan aún nombre propio. O las 'lumis'. En este crudo invierno se ofrecen más tapadas por el frío. Pululan por Ballesta, Desengaño y demás bocacalles traseras de la Gran Vía. La crisis las empuja al anochecer a la arteria principal, a riesgo de un susto con los municipales. Hoy atienden a nombres exóticos, Yanira, Katia..., pero el negocio no ha cambiado. El puterío y el mundo lumpen sirvieron de argumento en 1910 para cruzar el centro con una calle 'seria'. En vano. Como el agua, la prostitución reclama siempre sus viejos cauces.

Ahora el Ayuntamiento ha abierto un debate público sobre la Gran Vía del siglo XXI. Quiere potenciar «su protagonismo como eje comercial, lúdico y cultural», dice el alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón. Muchos critican el afán de negocio rápido. Ya ha perdido parte de su alma original como escenario de la modernidad. Parece más un parque temático comercial para atraer al visitante efímero y puede acabar siendo una calle de tantas. Como las damas recauchutadas a golpe de bisturí; clónicas, sin expresión, sin identidad.

«Hay que mantener el espíritu de calle de peatón y de tráfico, habitada, y no una mera sucesión de hoteles, tiendas de ropa barata y comida rápida», coincide Rafael Zarza. «Hay calles -advierte- que han sido destruidas por seguir ese modelo». Ojalá no. Centenaria y todo, la Gran Vía es mucha Gran Vía.

Para construir la Gran Vía las máquinas borraron del viejo plano de la ciudad más de 300 edificios y 14 calles. Otras tantas fueron sacrificadas al paso de este eje longitudinal de 1,3 kilómetros; un puente entre las dos 'islas' de prosperidad matritense de finales del XIX, los barrios de Salamanca y Argüelles. En medio de ambos quedaba el Madrid más popular y los centros del poder institucional, el Palacio Real y el Ayuntamiento. El rey Alfonso XIII empuñó una piqueta de oro el 4 de abril de 1907. Fue el banderazo de salida para las obras en el primer tramo 'granviario', entre Alcalá y Red de San Luis. En 1927 concluyeron las demoliciones del tercer y último sector, entre Callao y Plaza de España, pero la calle no adquirió su actual fisonomía hasta 1952, con el alzado del Hotel Washington en el número 72. A lo largo de todas esas décadas brotaron edificios únicos, entre la vanguardia y la nostalgia neobarroca, con profusión de templetes y remates escultóricos, firmados por lo mejor de la arquitectura patria. El Metrópolis en la confluencia con la calle Alcalá, Seguros La Estrella, el Casino Militar, el edificio de Telefónica, el Palacio de la Prensa, el Carrión o Capitol, conocido hoy por el neón de Schweppes y por la célebre escena de (1995), de Álex de la Iglesia. Desde el principio fue una calle para ver y dejarse ver, y desplazó como principal zona de paseo y esparcimiento a la muy cercana Puerta del Sol. Surcaron sus aceras rascacielos pioneros y los primeros grandes almacenes al modo americano. A unos metros de Callao se gestó en los años 30 el duelo fratricida entre Galerías Preciados y El Corte Inglés. En la Guerra Civil la calle se cubrió de sacos terreros, pero ni así se detuvo su frenesí comercial y de ocio.

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