Así se abre el telón

Un viaje por el interior del Teatro Bretón un día de función y con las personas que consiguen que desde el patio de butacas todo parezca posible

EN ESCENA. El Teatro Bretón apenas descansa; 24 horas en sus entrañas para disfrutar de dónde sale toda la magia. ::                             DÍAZ URIEL/
EN ESCENA. El Teatro Bretón apenas descansa; 24 horas en sus entrañas para disfrutar de dónde sale toda la magia. :: DÍAZ URIEL

El escenario de un teatro está siendo permanentemente construido y destruido. De un amanecer incubado en cenizas se pasa al día siguiente, o en apenas unas horas, a un paisaje de castillos normandos o a un desolado espacio surrealista que casi por arte de magia toma vida, luces y colores cuando se levanta el telón y comienza la función. Pero detrás de las bambalinas, de los argumentos, de las canciones o de las epopeyas, se cita un ingente grupo de personas que hace posible que el mundo se detenga unas horas sobre esa candente que dicen que no quema (o quizás sí) pero en la que la vida explora siempre sensaciones profundas: amor y desamor, desencanto, venganza, deseo, traiciones... desconsuelo, risas, explosiones; todos los universos caben en escena. Pero no es un milagro, aunque lo parezca, es el resultado de un trabajo en equipo concienzudo, extremadamente profesional y repleto de historias.

Y esta historia, que comienza literalmente cada día a las seis de la mañana con una profunda limpieza del teatro, culmina en el preciso instante en el que la última parte del escenario empieza a buscar otro nuevo espacio en cualquier ciudad, y suele ser de madrugada. En las traseras del Bretón, a las puertas del coqueto Salón de Columnas, aparca un camión para llevarse desmontado el infinito puzzle en el que se convierte toda la tramoya; y en ocasiones, hasta ha habido que pedir ayuda a la Policía Municipal para acomodar uno de esos gigantescos trailers capaces casi de llevar solitos un teatro entero.

Pero el origen real de cada función tiene su germen en el diseño de la programación que realiza Jorge Quirante, director del teatro, y en el decidido apoyo del Ayuntamiento de Logroño desde su reinauguración hace ahora casi veinte años. Quirante, un granadino de Baza, es el máximo responsable de cuanto sucede sobre el escenario: «Definir bien la programación es crucial para la salud del teatro y para que el Bretón cumpla el cometido para el que está concebido. El calendario se divide en tres ciclos: el del primer semestre, que es el más complejo por el número de actuaciones y su enorme diversidad; el festival de teatro de otoño y las programaciones de septiembre y diciembre. Cada una de ellas es diferente y complementaria, con toda la variedad escénica y de recursos que se puedan imaginar: obras de teatro, conciertos, marionetas para niños, mimo, recitales, óperas, zarzuelas, exhibiciones de películas, actuaciones en el Salón de Columnas».

Las cifras lo dicen todo sobre la actividad de un teatro que no para, que casi nunca duerme. De hecho, y a pesar de que el 2008 fue extraño por el tiempo que estuvo cerrado para su remodelación parcial, el Bretón acogió casi 140 funciones con una media de afluencia a las mismas superior al 70 por ciento.

Quirante, para definir quién viene a actuar a Logroño, patea ferias, festivales y teatros por toda España: «En Gijón hay un evento de este tipo en el que puedo llegar a ver más de treinta obras en tres días; pero voy a teatros por todos los sitios y, desde luego, estamos en contacto permanente con la red de teatros públicos, a través de la cual se generan intercambios, consejos, ideas». Para Jorge Quirante, la clave de un buen programador «reside en saber decir que no» y otorgar un sentido a cada trabajo, a cada continuidad: «A veces programo sin ver porque lo he visto en otras ocasiones, porque las referencias son extraordinarias y porque tras 20 años haciéndolo acumulas una experiencia y un bagaje que te ayuda a no equivocarte. Una vez que yo tengo todo planeado, lo presento en el Ayuntamiento y se aprueba el presupuesto. Para el 2010 será de 1.190.000 euros», señala.

Pero volvamos al día a día, a una jornada cualquiera del teatro en la que se va a representar por la noche una obra. En esta ocasión, la que se puso en escena el pasado martes, Brokers, de Yllana, con los actores Fidel Fernández, Antonio Pagudo, Toni de la Fuente y Luis Cao.

A las diez de la mañana comenzaba el montaje del escenario. Estamos en el terreno del jefe técnico del Bretón, Fernando Alamañac, que tiene a su cargo a tres eléctricos-sonidistas, Manuel García Moreda, Jacinto San Martín y Teresa Ros; y a dos maquinistas, Josune Zamalloa y Camino Mendívil. Como los montajes cada vez suelen ser más complejos, el teatro recurre a empresas exteriores para completar el personal necesario, e incluso, las propias compañías también suelen contar con sus técnicos para montar las escenografías.

Alamañac relata que lo primero que se preparan son las luces, después todo lo referido con el escenario, que «suele ser lo más complicado y lo que más tiempo lleva» y, al final, los ajustes definitivos, tanto de sonido como los diferentes telones y siparios que se emplean para tapar huecos en la escena. El Bretón cuenta con equipos de sonido y de luces propios y como relataban los responsables de Brokers, «venir a este teatro es una gozada porque el equipo técnico es de lo mejorcito de España. Nunca falta de nada y su profesionalidad es milimétrica».

Quizás el único momento en el que el teatro descansa es el de la hora de comer. El escenario está montado, la sala limpia, todo parece extrañamente tranquilo pero en apenas unas horas la actividad volverá a ser frenética porque llegarán los actores para ajustar los últimos detalles de la producción y todo el equipo de la sala, acomodadores y taquilleros, además de los especialistas de montaje, que realizarán el llamado pase técnico para ajustar ya de manera definitiva las luces, la música y todos efectos de la escenografía. En Brokers el peso específico lo llevaban tres pantallas gigantes de leds que iban transformando la escena con sus espectaculares imágenes.

Si la obra comienza a las 20.30, dos horas antes llegan los actores y con 60 minutos de antelación todo el equipo de sala. Y aquí, el responsable es Luis Ochoa, un meticuloso personaje que entiende el teatro como un ser orgánico: «Recibimos a cada persona con mucha amabilidad, con tacto y a sabiendas de que vienen a un teatro, a un momento realmente especial», matiza, además de subrayar que «todo tiene que ser perfecto». Y para lograrlo se cuidan los detalles de una forma casi obsesiva, hasta el del característico ambientador con el que se perfuma el edificio. Luis va a la taquilla y recibe la notificación del número de personas que han retirado localidades, en qué zonas de la sala, si vienen en grupo, si hay algún discapacitado que vaya necesitar algún tipo de ayuda También se informa sobre el tipo de interacción que van a realizar los actores, si en la función bajarán con el público e incluso si utilizan humo en el escenario para desconectar la alarma de incendios. Con toda esta información, sólo le falta reunirse con Fernando Alamañac para el ajuste de apertura del telón e, incluso, los avisos al público. En un día normal suelen trabajar en el teatro casi 20 personas, entre ellas seis acomodadores, que se encargan desde picar las entradas a ayudar a los espectadores a ocupar sus localidades: «Cuando llegan realizan una inspección ocular de todo el teatro por si se han dejado algo los diferentes operarios que trabajan antes y cuando acaba la obra realizan un repaso de dentro hacia afuera para que nadie se quede dentro».

Baja el telón, se va el público, los actores firman autógrafos, empieza el desmontaje y comienza de nuevo la historia porque mañana hay teatro otra vez y no se puede perder ni un segundo de tiempo.