El torero de los maratones

PABLO GARCÍA-MANCHA
El torero de los maratones

Aveces, cuando pienso en mi etapa como torero, veo a otra persona; casi no me acuerdo de aquel chaval que lo sacrificó todo para torear, parece como si fuera otro», confiesa José Antonio Pérez Vitoria, el introvertido y a veces misterioso diestro calagurritano que se retiró en 1997, «triste y decepcionado con demasiadas cosas» y que decidió reiniciar su vida con un trabajo «más normal», una familia y una pasión que siempre había latido en su corazón, el atletismo: «Me había gustado correr desde niño y ahora hasta compito con afán de divertirme en maratones, fondo y cosas así», sonríe a sabiendas de que su estampa a la carrera es más que conocida por casi todos sus vecinos. «Mira, ahí va el torero de los maratones», dicen al verle trotando por avenidas y callejuelas.

Pérez Vitoria ingresó en la Escuela Taurina de Calahorra con quince años y allí coincidió con un grupo de muchachos que aspiraba a la gloria, entre los que destacaron tres (algo inaudito en una localidad tan pequeña) que a la postre lograrían tomar la alternativa: Pedro Carra, Víctor García y él mismo, que fue el último en doctorarse: «Fue un desastre porque yo admiraba a Dámaso González o a y me hubiera gustado que uno de los dos me hubiera dado la alternativa, pero todo fue al revés; apenas disfruté de oportunidades y no tuve la ocasión ni de torear en Logroño. Enseguida me di cuenta de que era imposible para mí salir del pozo en el que estaba; torear una o dos corridas por temporada era algo muy difícil de soportar y en cuanto pude me escapé porque el futuro no era algo incierto, era algo realmente imposible y no estaba por la labor de amargarme la vida». A José Antonio no le decepcionó el toro; le falló la gente: «Sentí demasiados vacíos a mi alrededor y me esfumé, así de claro». Cuenta, incluso, que cuando trabajaba en el Balneario de Arnedillo coincidió con el entonces empresario de la plaza de Logroño, Manolo , que había ido a pasar unos días tras una feria matea: «Yo estaba en activo y cuando le vi llegar casi no me lo podía creer; hablé con él y me dijo que en San Mateo siempre ponía a un torero de Calahorra, pero que prefería no meterse en cuál; que eso lo decidía otro. Nadie puede imaginarse cómo me decepcioné».

José Antonio acaba de ser padre y vive totalmente alejado de la tauromaquia: «Si no me hubiera casado a lo mejor sería banderillero, pero no, ahora estoy totalmente fuera. Sufrí mucho, pero me decepcioné mucho más». Dicen las crónicas que era un torero muy serio: «Hay mucha gente que me comenta que le recordaba a José Tomás; no lo sé, yo toreaba como lo sentía por dentro». Y precisamente fue en ese interior suyo donde algo muy íntimo le rompió un novillo de Cortijoliva en Arnedo en 1993, cuando le infirió una brutal cornada en el cuello. «Llevaba -relata- dos años esperando aquella oportunidad, para mí era crucial, y en el primer lance casi me mata. Tengo un sabor muy amargo de aquel trance porque lo pasé muy mal y se me vinieron abajo casi todos los sueños».

Pero no todo es tristeza en sus recuerdos: «Fue alucinante que llenáramos varias veces la plaza de Calahorra Pedro, Víctor y yo, para nosotros era lo máximo. Ahora somos amigos porque hay muchas historias compartidas y le acabo de poner la cocina a Víctor», bromea a la vez que se siente «más que sorprendido» por la pareja que forman Diego Urdiales y su banderillero calagurritano: «Eran dos rebeldes, dos caracteres y ahora han cambiado tanto... Y me quedo asombrado con lo que ha conseguido Urdiales porque nunca se ha venido abajo, tiene un mérito increíble; le admiro».

Y aunque está alejado del toreo, a veces coge en el taller la muleta y se pone a torear. «Eso -subraya- no lo puedo evitar porque está muy dentro de mí».