Previsibles

PABLO G. MANCHA PGMANCHA@TOROPRENSA.COM
Previsibles

E n el debate del martes sobre los Presupuestos Generales del Estado, Rajoy se vanaglorió de sí mismo cuando la vicepresidenta segunda del Gobierno, Elena Salgado, le espetó que era un tipo «previsible». Tomó carrerilla Mariano con el desafortunado desliz de la y le dio un repaso de muy señor mío sobre el significado del concepto previsibilidad en política económica.

Elena Salgado, tímidamente arrebujada en su escaño, sonreía trémula porque sabía que más allá de los rutinarios encontronazos verbales de sus señorías en el Parlamento, lo razonable es que España se precipite hacia la ruina merced a unas cuentas del Reino que carecen de la más mínima credibilidad y que subrayan, una vez más, la diferencia entre el país que pintan nuestros gobernantes, tan previsibles y atentos cuando se trata de salir en la foto, y la cruel realidad de una crisis tan brutal y despiadada que nos puede colocar en muy poco tiempo con más de cinco millones de parados.

Lo más triste de todo es que los analistas políticos tampoco escapan a la demagogia partidaria (otra forma singular y enjaezada de previsibilidad) y cuando se atacan entre ellos lo hacen defendiéndose en sus trincheras olvidando de que de este marasmo sólo se puede salir a través de profundísimas reformas estructurales. El gasto social, por ejemplo, se ha convertido en una descabellada coartada para justificar unas cuentas que se amparan en el progresismo para olvidar la Ley de Dependencia -¿se acuerdan?- y confundirla con prestaciones al desempleo y explicar subrepticiamente que cuantos más parados tengamos, más sociales serán los presupuestos. Así se escribe la irritante realidad de nuestros gobernantes y su insufrible previsibilidad.