La suicida de Viladecans

PABLO G. MANCHA PGMANCHA@TOROPRENSA.COM
La suicida de Viladecans

S omos el fruto de una casualidad, de un desencuentro furtivo o de una mentira piadosa. Vivimos sin ser conscientes del múltiple juego de estrategias indefinibles para que las circunstancias hayan dado lugar a cada uno de nosotros. Mis padres, sin ir más lejos, se conocieron en Madrid gracias a que dos líneas de metro se cruzaban en un barrio de las periferias de aquella capital terapéutica del desarrollismo. Es más, si a mi madre no le hubiera dolido la cabeza yo no estaría dando cada jueves la tabarra, ni hubieran nacido mis hijos y por no ser, y que me perdone Pedro Sanz, no sería ni riojano. Causas y efectos mil veces repetidos en ritmos caprichosos y aleatorios.

Somos producto de la maleabilidad del universo, de algo tan insospechado e improbable como la lotería, como el amor o como que a la clase política le sacuda la razón. Por eso me he puesto a temblar con la noticia de la mujer suicida (y homicida a su pesar, supongo) de ese pobre peatón de Viladecans, que sin haber barruntando la más mínima sospecha se lo han llevado al otro barrio los desconsuelos ajenos. Muerto se quedó como un rayo por un bólido de desamor y frustraciones que lo aplastaron desde un octavo piso. No era culpable de nada: sólo pasaba por allí, con otra persona que quedó ilesa.

Pero la muerte que se buscaba a sí misma tuvo ansias de conquista y se acompañó de una puntería que para sí la quisieran los cachivaches americanos de la Guerra del Golfo. Ni un daño colateral, ni un exabrupto, ni un moratón en balde. Toda la muerte se le vino al peatón como un suspiro sin tiempo a quebrar el aire ni a entonar una oración. Me pregunto si la suicida tuvo tiempo para calibrar el espantoso final a medida que se acercaba a la tierra y el pobre peatón se agigantaba hasta fundirse con ella.