Valle de Ocón con D. Urbano Espinosa y D. Ernesto Viguera Blanco

PEDRO MARÍA LÓPEZ ROS

Cicerones nuestros por estas tierras que tanto aman y que tan bien conocen. Ambos pierden una jornada, para con creces ganarla nosotros, nosotros somos un autobús lleno de componentes de las Aulas de la Tercera Edad.

Es un día de mayo, fresco, amenazante, con negruzcas nubes prometedoras de refrescantes humedades. Nos tememos lo peor. El padre José Ignacio Macua, como siempre, al inicio de sus excursiones, eleva breves preces para que el viaje resulte. Las nubes entendiéndole, obedientes, se van retirando sigilosa y lentamente hacia otras geografías, abriéndonos nítida la visión espléndida de todo el valle, primaveral de fecha.

A las 10, en el Hogar del Jubilado de Pipaona, don Urbano Espinosa (la abnegación escudriñadora arqueológica de la zona) y don Ernesto Viguera (alcalde del valle y de clara entrega municipal) nos agasajan, para empezar bien la jornada, con pastas y cafés. Bien.

Con estas calorías penetramos por los campos de olorosa frescura vegetal hasta llegar a las semidescubiertas ruinas de Parpalinas (antes posesión del romano Honorio), hoy don Urbano es su alma y de su mano sigue aflorando esta vetusta ciudad. Sobre el terreno nos explica con toda precisión, dado su conocimiento y perfecta docencia.

Vamos al «Molino». Hoy ya convertido en emblema del valle. Yo ya lo introduciría en su escudo. Oliendo a molienda, lo recorrimos entero, entre las explicaciones de su nacimiento y funcionamiento.

Comida abundante y de buen guiso en el acristalado comedor de Pipaona. Misa y flores de mayo en su parroquial. Recorrido por la zona verde ajardinada y de acampada. Sobre su césped y bajo sus arbóreas sombras, asadores y mesas por doquier.

Comida cercana ermita de devoción, remozada y reluciente de blancura, junto al nuevo cementerio, sustituto del antiguo, adyacente a la iglesia, y hoy ya convertido en colorido jardín.

Creyéndonos en Extremadura, sobre la falda de la sierra de La Hez y bajo encinas, cantidad de cerdos, algunos con vetas negras, otros de rojizas carnes, todos redondos, rollizos, apetentes.

Giramos vuelta a Las Ruedas de Ocón, pueblo que en la misma ladera de la sierra pretende alcanzar su cima.

Todos quedamos encantados de esta cercana geografía (para muchos riojanos aún ignota).

Otros pueblos con mucho más potencial económico (y que conste que no apunto) deberían de tomar buena nota.

El conjunto del valle supongo sabrá agradecer a estas dos personas sus trabajos, desvelos y constante dedicación a estas tierras, en las que ya se ven sus frutos.

Nosotros sí les agradecemos, prometiendo volver con despacio a recorrer los espacios, con los conocimientos que ellos nos enseñaron y como buenos alumnos bien aprendimos.

Es por eso que desde este medio de La Rioja de mayor extensión, les mandamos un fuerte abrazo de agradecimiento.

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