Verano

PABLO G. MANCHA
Verano

Aveces cuando paseo en invierno me gusta entornar los ojos o mirar simplemente hacia mis zapatos con el fin de entretenerme con el chasquido de las pisadas por los parques y las avenidas. Tras la otoñada la gente deambula embozada y sólo enseña la piel de la cara; a veces cuando hablan por el móvil se adivina algún dorso congelado que se irrita en el frenesí de las conversaciones. Pero llegado el verano la luz se apodera de todos los espacios; la luz dura del mediodía o la que amaina su fulgor en esos atardeceres lánguidos que se acaban con muchos niños ya cenados y que no entienden las razones por las que han de ir a la cama. El cielo todavía está perezosamente añil y las persianas protegen sus alcobas de su brillo atenuado.

Llega el verano y florecen las personas apenas protegidas por camisolas abiertas, nikis o camisetas con mensaje. Ellas, y eso es un placer aunque me tachen de machista, enseñan sus piernas y las sonrisas tienen un aspecto cordial en las terrazas, que se pueblan de gente que bebe granizados, cervezas y refrescos con el único afán de tomarse un respiro y conversar.

El calor trae la plática y también el deseo; el afán de liberarse de corbatas o buzos, del almidón de los despachos o del atribulado ritmo de las máquinas de las industrias. Algunos privilegiados tienen una piscina en su casa. Y se bañan sólo para refrescarse a pesar de esos michelines que tapaban el engrudo del frío. Es muy bello el otoño pero ahora el cielo azul no se compara con nada y las ventanas de las casas se abren de par en par por las mañanas para que penetre en nuestras guaridas el fresco de la amanecida. Es verano en este hemisferio y da gusto callejear cuando cae la tarde, sentarse en un banco, leer el periódico comenzando por la última página y que no haya más preocupaciones que saber si ha acertado el horóscopo.