Aznar

PABLO G. MANCHA
Aznar

U n caballero con su imponente perro labrador llamado (oscuro como el azabache). Un bigotillo que ya no es bigote, levemente rasurado, y en el que apenas crecen pelillos canos y oscuros y en el que se adivinan como una certidumbre labios finos y una especie de mueca que desafía al infinito desde un lugar intemporal e irreconocible; desde un espacio oscuro en el que asoma con ribetes tenebristas un personaje que parece del pasado, que asombra más por lo que parece que por lo que dice.

No queda nada en el reportaje del 'XL Semanal' al albur de la improvisación: los gemelos de caoba soslayan como dos puntos de elegancia en las almidonadas bocamangas; la camisa perfecta sin un asomo de arruga traicionera, la corbata discreta con tonos rotundos pero tamizados por un brillo hacia los adentros y la americana impasible, que contrasta con el ademán relajado. Ya no lleva amuletos ni pulseras de hilo; las cejas revolotean por el cielo de los ojos en una frente sin ceño, sin arrugas que marchiten la mente despejada, para lucir el oleaje de esa melena sucintamente engominada pero sin brillos huecos ni arlequinados. Para peinarse así hay que echar tiempo.

No sé sin sonríe o piensa, si mira o asiente, si disimula... Acaso me perturba más su cara que lo que dice. El personaje cruza los brazos; Julius Fast, en su semiótico 'Lenguaje del cuerpo', aseguraba que ésta era una postura defensiva, nada arbitraria.

Y mira hacia los adentros pero no se le ven los ojos, con la cadera mínimamente relajada, con la boca cerrada y un bigote que sólo queda en el recuerdo pero que está muy presente en el inconsciente colectivo.

No estoy con él ni contra él. Me da lo mismo, pero me inquieta cómo acaricia a su labrador negro llamado mientras mira al fotógrafo en la portada.