La gran venganza

TERI SÁENZ

E l yayo Tasio, que además de viejo es un poco brujo, sostiene que no tiene nada que ver que las cosas se hicieran mal, deprisa y corriendo para que la Gran Vía esté hecha una zarria. Si le preguntas, el abuelo te susurra al oído para que nadie diga que chochea que el catálogo de baches, socavones, desconchados, roturas y grietas que presenta son producto de una venganza: la venganza del propio Logroño.

Dice Tasio que tenía que pasar. Que igual que el astro se ha vuelto loco por culpa de los humos y por eso caen chuzos de punta en verano mientras el sol aprieta que jode en invierno, la ciudad se ha hartado de que la maltraten. Logroño estaba herido en su orgullo. Su piel era la del brazo de un yonki, perforada de aparcamientos subterráneos y plazas de garaje a medio millón el metro cuadrado. Sus entrañas han sido durante años el parque de juegos de constructores y promotores de parkings. Y la ciudad, como haría cualquier ser vivo, se ha rebelado.

La culpa de que la Gran Vía esté abierta en canal no es del operario que encajó las losetas. Ni del capataz que supervisó la obra, ni del arquitecto que diseñó el proyecto, ni del técnico municipal que dio el visto bueno. Ni siquiera del político que salió a inaugurar la obra con el cemento todavía fresco porque las elecciones apretaban. Es la propia Gran Vía la que se ha automutilado.

Logroño ha gritado así que sigue siendo un pueblo con su calle principal contrahecha y rota. Dice Tasio que en vez de arreglarla habría que decorarla con ortigas y boñigas de yegua y, por supuesto, mantener esas farolas que no alumbran nada. Así, al menos, se verá menos tanta vergüenza.