El motín de Calahorra

La primera parte de la tesis doctoral de San Felipe analiza los momentos más difíciles de la Diócesis entre el siglo XIX y 1927

M. I.| LOGROÑO
El motín de Calahorra

El libro de María Antonia San Felipe, primera parte de sus tesis doctoral, analiza los avatares de la Diócesis de Calahorra en el siglo XIX hasta el nombramiento de Fidel García como obispo. La segunda parte, que completará la tesis, incluirá el mandato diocesano de don Fidel, con la polémica pastoral contra el nazismo y la campaña difamatoria en contra de su persona. Ayer presentó la obra arropada por el consejero de Cultura, Luis Alegra, el director del IER, José Miguel Delgado y el vicerrector de Investigación de la la UR, Eduardo Fernández.

La firma del Concordato de 1851 entre Isabel II y el Papa Pío IX había sumergido a la diócesis calagurritana en un período de decadencia que la alejó de su esplendor histórico. Por un lado, creaba una nueva diócesis en Vitoria y, por otro, preveía el traslado de la silla episcopal de Calahorra a Logroño. La desagregación de gran parte de su territorio y población, el que correspondía a las tres provincias vascas, se hizo efectiva en 1862. La diócesis perdió 553 de sus 950 parroquias.

El intento de traslación de la sede diocesana a la capital de la provincia transformó un conflicto eclesiástico en otro territorial y político, ambos teñidos por el malestar social de fondo y por la penuria económica. La causa calagurritana contó con el apoyo de Haro y Santo Domingo, frente a la tentación centralizadora de Logroño.

Exacerbada por la Restauración y la connivencia política entre Sagasta y Cánovas, Calahorra inicia el motín el 7 de junio de 1892 con el apedreamiento de las casas de los canónigos y violentos ataques contra el gobernador civil, que se vio obligado a ceder su autoridad al gobernador militar, que decretó el «estado de sitio». Tuvo que ser el vicario capitular quien dictara un bando pidiendo a los calagurritanos que se retirasen pacíficamente del cuartel donde el gobernador se guarecía de la multitud.

Tras los graves incidentes, ni la Iglesia ni el poder civil abogaron por designar nuevo obispo; la disputa entre ambas ciudades fue pretexto para archivar el expediente de nombramiento y castigar, así, la «insolencia» de los calagurritanos. Desde 1891, fecha en la que monseñor Cascajares salió de la diócesis, ésta quedó sin «obispo propio» y se optó por el nombramiento de administradores apostólicos.

No fue hasta la llegada de Fidel García en 1921, como administrador apostólico, cuando la situación comenzó a desbloquearse y seis años más tarde fue designado obispo «propio» de la Diócesis.

El prestigio de Fidel García entre el episcopado llegó a su punto álgido con la elección para representar a España en el XXVIII Congreso Eucarístico Internacional de Chicago en 1926. Después vendrían años de buena gestión pastoral en la diócesis, hasta que cayó en desgracia tras la Guerra Civil. Pero, esa, es la segunda parte de la tesis, aún inédita.

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