Medalla de ida y vuelta

Olga Bejano devuelve al Gobierno regional la Medalla de La Rioja concedida en 1998 al sentirse engañada por las autoridades que le prometieron atención

V. SOTO
Olga Bejano, en su habitación, sostiene el galardón rodeada de las máquinas que la mantienen con vida. / JONATHAN HERREROS/
Olga Bejano, en su habitación, sostiene el galardón rodeada de las máquinas que la mantienen con vida. / JONATHAN HERREROS

Olga Bejano, Medalla de Oro de La Rioja en 1998 y única mujer galardonada con esta distinción hasta el momento, ha decidido devolver su premio al Gobierno de La Rioja, que se lo concedió. La decisión parte del abandono al que se cree sometida por parte de las instituciones y a los compromisos que, según su testimonio, ha incumplido el presidente regional, Pedro Sanz.

Bejano asegura que, con la concesión del premio, las autoridades regionales le prometieron el cuidado de dos enfermeras y una auxiliar, aunque la familia renunció a una enfermera y a la auxiliar para hacerse cargo de parte de los turnos.

Sin embargo, señala que desde hace cuatro meses no se cumple ninguna de las promesas. «Por ello quiero comunicarle mi deseo de renunciar a un galardón, muy bello, pero absolutamente inútil. No rechazo el cariño con que se me concedió por parte del pueblo riojano; lo que rechazo es la hipocresía de estos acontecimientos en los que se pronuncian palabras muy bonitas que no se sienten y se hacen promesas que nunca se cumplen», explica Olga Bejano en la carta dirigida a Pedro Sanz. Desde diciembre, cuenta con una enfermera, pagada por la familia con ayuda pública, que la atiende, y mañana está previsto que el consejero de Salud, José Ignacio Nieto, se reúna con la madre de la joven para seguir buscando soluciones a las demandas asistenciales que plantea.

Olga sufre una pentaplejia, respira y se alimenta mediante máquinas y se expresa a través de unos garabatos que su actual cuidadora entiende y traduce. Esa comunicación y sus escasos movimientos, los impulsos de su brazo derecho que le sirven para escribir sus 'garabatos' y los aleteos del izquierdo, para expresar risa (que además utiliza muy a menudo), son los que ahora entiende negados por la falta de asistencia, que le obliga a estar postrada en la cama casi la totalidad del día. «Me he sentido incomunicada, inmovilizada y sucia», garabatea Olga en su cuaderno.

Sólo Livia, la enfermera contratada por la familia, acude a asistirla durante cuatro horas cada dos días. «Es imposible encontrar enfermeras que puedan atenderla porque no podemos competir con las condiciones laborales del sistema sanitario», indica su madre, Carmen Domínguez. «Nos dijeron que con la entrada de la Ley de Dependencia nos iban a dar una ayuda mensual insuficiente y que todavía no ha llegado. Pero lo que enfada a Olga es se haya incumplido lo que nos prometió el Gobierno regional», prosigue.

Ahora, cuando Olga parece entrar en la recta final de su enfermedad tras 33 años de sufrimientos, la atención continua de su madre y las ayudas de Livia, su enfermera, cada dos días, son el sustento de esta mujer que se encuentra «en condiciones que indican que soy una enferma de cuidados intensivos, pero estoy en mi casa atendida esencialmente por mi madre y acompañada por familiares y amigos. -«Ha pensado usted alguna vez cuánto dinero he ahorrado a la Comunidad? Yo he hecho mis cálculos y le aseguro que es una cantidad importante, más de seis millones de euros», indica Olga en su carta.

Pero pese al abandono, Olga no piensa dejar de luchar hasta el final para que reconozcan «no mis derechos, sino los de todos los enfermos», concluye.

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