El riojano que inventó el IPC

Llegó a director del servicio de estudios del Banco de España, fue catedrático de la Universidad Central de Madrid y murió en plena posguerra. Su temprana desaparición truncó algunas de las conquistas que sus investigaciones ya insinuaban, pero no eclipsó su hallazgo central: su condición de padre del IPC, cuyos primeros estudios cumplen ahora setenta años.

J. ALACID
Olegario Fernández-Baños. /INSTITUTO DE ESTUDIOS RIOJANOS/
Olegario Fernández-Baños. /INSTITUTO DE ESTUDIOS RIOJANOS

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«Fue un adelantado a su tiempo». La definición sale de labios de Fernando Celestino, coautor de uno de los estudios centrales sobre la obra de Fernández-Baños. Un volumen publicado por el Instituto de Estudios Riojanos y nacido de la casualidad: había caído en manos de Celestino un libro anterior, una monografía firmada por Victoria Martínez, riojana de Badarán como el propio Fernández-Baños. Destinado como funcionario del INE en Vitoria, Celestino había accedido a documentación inédita sobre aquel pionero de la estadística, puesto que Álava fue una de las ocho provincias donde los inspectores seleccionados por Fernández-Baños acometieron las primeras recopilaciones de datos. Otra fue La Rioja: el matemático barría para casa.

Victoria Martínez cruzó con Celestino su propio material. Había tenido acceso al archivo familiar de los Fernández-Baños y junto al funcionario del INE dieron a la imprenta en el 2003 una obra decisiva para conocer la peripecia vital del científico riojano y profundizar en la importancia de aquellos estudios que hoy llevan el nombre de Índice de Precios al Consumo, pero que en la España de la cartilla de racionamiento adoptaron una nomenclatura más prosaica: Índice del Coste de la Vida.

1938: nace el IPC

La publicación incluye las tablas recogidas por Fernández-Baños y su equipo para acometer una tarea mayúscula, emprendida en plena Guerra Civil. Corría el año 1938. Ignorando la efervescencia bélica, va elaborando sus primeras fichas donde corrige con letra minuciosa la caligrafía de sus ayudantes: si pone «acelga», añade «manojo»; donde se lee «ajos», agrega «cabezas»; cuando se menciona la carne de cerdo, anota «magro». «Sólo pidió dos secretarias, cuatro inspectores y unas máquinas de escribir», detalla su hijo, Pedro Ignacio Fernández-Baños. Sus recuerdos configuran la imagen de un investigador meticuloso, estricto profesor de Matemáticas («Sí, era severo, también con sus hijos»), devoto del estudio.

«Siempre estaba metido en su despacho, en nuestra casa madrileña de López de Hoyos 7, trabajando y trabajando. Hay que tener en cuenta», advierte, «que llegó a tener dos cátedras a la vez y que empresas como Iberdrola o Telefónica le encargaban estudios con mucha frecuencia».

Junto a sus hermanos Carlos y Rosa, Pedro Ignacio custodia el legado familiar, cuya importancia destaca también Aurora Martínez, la estudiosa que más ha indagado en la vida del científico riojano. Sus pesquisas arrojan luz sobre su talla académica (primer catedrático de Estadística en la Universidad Central de Madrid) y proponen una revisión de su figura. «Alfonso XIII», rememora Martínez, «ya quiso premiarle por sus investigaciones, pero Olegario declinó un título nobiliario. Sólo le pidió unirse los dos apellidos, para que no se perdiera el segundo. Y el rey se lo concedió».

Una anécdota más que jalona una biografía convulsa, propia de un hijo de su tiempo, acelerada con la II República. Fernández-Baños había alcanzado una alta relevancia en el Banco de España, cuyo servicio de estudios dirigía desde 1930, pero nunca comulgó con la deriva revolucionaria del republicanismo. Pesó más su conciencia religiosa y su mentalidad conservadora. Es entonces cuando Fernández-Baños, de la estirpe de los héroes barojianos, contacta con un amigo francés, profesor de la Sorbona, quien le garantiza aposento para su mujer e hijos en Montauban, cerca de Tolouse.

Con su familia a salvo en Francia, semanas después inicia el mismo viaje desde Valencia, a donde se había trasladado la sede del Gobierno.

Su exilio duró poco: tras cruzar a pie los Pirineos, regresa a España por la zona nacional. La imagen final de Fernández-Baños se construye en esos días. Aunque el Banco de España no le restituyó en su puesto, sí fue repuesto como catedrático universitario y sus logros empezaron a ser reconocidos.

Ex seminarista, antiguo trabajador de Correos, funcionario entregado y brillante profesor con estancias en Suiza e Italia, Fernández Baños recoge hoy el elogio de la generación que formaron sus alumnos, como el prestigio economista Juan Velarde, quien recuerda de su viejo maestro un anacronismo significativo: «Sus pizarras eran desordenadas y confusas».

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