Ian Gibson afirma que García Lorca «no fue asesinado por odio, sino por envidia»

El hispanista se centra en la figura de Ramón Ruiz Alonso en 'El hombre que detuvo a García Lorca', su último libro

«No anuncié mi llegada y me presenté en su despacho. No sabía lo que iba a ocurrir. Yo tenía 28 años y él 64. Le encontré detrás de una mesa, en el Instituto Balmes, un centro que pertenecía al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Le conté quién era y cuáles eran mis propósitos. Me miró a los ojos y dijo: Es usted la segunda persona que tiene narices de hablar conmigo cara a cara».

Así recuerda el hispanista Ian Gibson (Dublín, 1939) su primer encuentro en 1967 con Ramón Ruiz Alonso, el hombre que persiguió, acosó y detuvo al poeta Federico García Lorca, fusilado el 16 de agosto de 1936 en un olivar cerca de Viznar (un pueblo de Granada).

«Era un tipo fanfarrón, enfático, un fascista furibundo y vehemente, de esos que asocian el pensamiento de izquierdas con la destrucción de España», afirmó Gibson, quien ha reconstruido la vida de este sujeto en

El hombre que detuvo a García Lorca

Alguien en Granada, durante los años sesenta, le sopló al historiador que Ruiz Alonso estaba trabajando en el Instituto Balmes de Madrid. No se lo pensó dos veces y fue a verle. «Me dijo que era católico, que no había matado a nadie y que tuvo que detener a García Lorca porque le ordenaron que lo hiciera», explica Gibson, quien asegura que el protagonista de su libro le mintió. «He contrastado otros muchos testimonios y lo cierto es que este hombre odiaba a Lorca porque era homosexual y porque pensaba que era un 'rojo' vendido a los intereses de Moscú. El escritor explicó que la muerte de Lorca «no respondió al odio, sino a la envidia que sentían hacia su figura. Los miembros de la Falange nunca le aceptaron».

Perteneciente a una clase media venida a menos, Ruiz Alonso tuvo una vida política intensa. Fue parlamentario de la CEDA entre 1933 y 1936, escribió numerosos artículos periodísticos y dejó un libro,

Corporativismo,

Gibson le ha seguido los pasos desde que era alumno de los salesianos en Salamanca hasta su intervención directa en la detención y fusilamiento del poeta granadino. «Al morir Franco se marchó a Estados Unidos; intuía que le iban a acosar para que contara con pelos y señales lo que ocurrió y se borró del mapa». El hispanista supo que había vivido en Las Vegas con una de sus hijas, Mari Juli, pero a pesar de que estuvo investigando durante mucho tiempo no pudo conocer ningún dato más sobre su vida a pesar de sus intentos.

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