«Voy a recibir 2017 vestida de blanco»

La cantante, en un momento del espectáculo que representa estos días en Barcelona
La cantante, en un momento del espectáculo que representa estos días en Barcelona / R. C.
  • Metida en el papel de bruja en el teatro, Lucrecia admite que tiene sus ritos cercanos a la santería «pero sin obsesionarme»

Todos estarán de acuerdo en que Lucrecia no es de color. Es de colores. Pero mañana por la noche, cuando den las doce y el imprevisible 2017 se cuele en su vida, esta habanera no piensa esperarlo con la tradicional lencería roja, sino enteramente vestida de blanco. Se lo ha recomendado un amigo cubano y ella tiene sus ritos y supersticiones. Algunos, cercanos a la santería... «Pero sin obsesionarme -matiza-, de una manera tranquila». La cantante representa estos días en el Teatro Victoria de la Ciudad Condal 'Una bruixa a Barcelona', aunque de brujería dice saber muy poco.

Simpática, cálida y cubanísima al 90% de cacao, Lucrecia va repartiendo por la vida sus «besitos de chocolate» para ver si a los de esta orilla se nos cubaniza (endulza, suaviza) un poco el carácter. Ella es muy de 'mi amor', de abrazar a todo el mundo y de repetir mucho el nombre de la persona con la que conversa. También milita en la alegría, aunque a veces algunos intenten pincharle el globo... «Problemas y situaciones desagradables hay en todas partes, pero yo me empeño en ser feliz. Y cuando veo que entra una borrasca, pues hablo. Hablar me viene muy bien. Por supuesto, no es fácil. Hay gente a la que no le gusta tanto optimismo. A mí me han intentado 'apagar la luz' y duele mucho».

Con los años, la cantante ha aprendido a hacerse más cauta. «Soy animada con quien realmente tengo buena comunicación. Con las personas que no, pues estoy tranquila. Es que si no, te desgastas intentando darle alegría a alguien que no la quiere. Ay, mi amor, ¿tú sabes qué lucha? Si no hay conexión, no te empeñes», aconseja.

La bruja de su nuevo espectáculo, con el que planea girar por toda la península, es buena hasta cierto punto. La obra tiene algo de autobiográfica. «Es la historia de una niña que llegó de Cuba con sus padres y al poner un pie en Barcelona el cabello se le llenó de mil colores. Ahí descubrió que tenía poderes», relata su protagonista. Pero a la niña le nació una hermana y se puso tan celosa que se transformó en una bruja malvada. «Tiene su lado oscuro, como todo el mundo -admite-. Lo bueno es que luego se arrepiente y con una poción mágica deshace todos sus hechizos».

Lucrecia nunca tuvo una hermana menor. De hecho, la menor es ella. Tampoco llegó a Barcelona de niña, sino en los 90, cuando era veinteañera, aunque este dato no lo precisa porque, por pura coquetería, nunca revela su edad. Solo aclara que no tiene los 54 que le adjudica Wikipedia. En cuanto a su lado oscuro... «Es la tristeza que me entra cuando no soy capaz de alegrar a un ser querido. Pero incluso dentro de esa tristeza siempre busco soluciones».

Fascinada con el mundo infantil, Lucrecia es madre de un adolescente de 15 años llamado Jan que le obliga a generar toneladas de paciencia. «Pocas veces la pierdo -dice-. Es una etapa de tremenda rebeldía, pero también es bello ver la ilusión, las ganas de descubrir, los amigos. Y como me dicen otros padres, llegará un día en que se darán cuenta de lo que han hecho y pedirán disculpas, ja, ja, ja. Yo desde el momento en que me quedé embarazada estoy creciendo día a día con mi hijo. Es un proceso lleno de amor».

La otra devoción de esta digna heredera de Celia Cruz es la Virgen de la Caridad del Cobre. Hasta el punto de que se trajo una imagen de tamaño natural desde Miami, bendecida por un párroco de allí. «La tengo en la ermita del Vinyet de Sitges y los cubanos le dejan girasoles, que son su flor. En mi casa nunca faltan».

Nacida y criada en El Vedado, el céntrico barrio de La Habana donde se levantan sus hoteles más emblemáticos, Lucrecia era parlanchina en clase, revoltosa, alegre e inquieta. «Iba a todos los sitios corriendo, y así me partí este diente». La cantante tiene un Grammy y ha cantado con los grandes de la salsa, e incluso con Andy García en Los Ángeles. Pero algunas veces habría dado todos sus triunfos a cambio de volver a Cuba y mostrársela a su hijo. No pisa la isla desde 2002, cuando compuso la banda sonora de 'Balseros', y por esa razón le negaron la entrada en su país. Sería de esperar que se pronunciara en contra de Castro, pero se limitó a decir «que en paz descanse» cuando el dictador murió. Ahora solo pide «que Cuba se abra y que no haya nunca más cubanos de dentro y de fuera». Respeto, unión y paz son sus palabras fetiche, lo mismo para Cuba que para Cataluña. Y de ahí no hay quien la saque. «Yo en política no me meto», repite.

Cada Nochevieja, los cubanos acostumbran a tirar un cubo de agua a la calle «para botar las cosas malas que hayan pasado ese año», explica. Ella, muy discreta para sus cosas, no lo va a hacer «porque lo que haya pasado que se quede en casa».

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